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A través de los años muchos espacios televisivos y radiales han promovido la lectura, ya sea porque en ambos medios se han transmitido numerosas adaptaciones de obras literarias o porque en diversos programas frecuentemente se promueven títulos de toda época y lugar.

Uno de esos espacios ha sido durante casi cuatro decenios “Escriba y Lea”, un emblemático programa que desde su propio nombre establece ante el televidente una provocación a frecuentar los libros; una incitación a ampliar y profundizar en los conocimientos que invariablemente se adquieren durante las rondas de preguntas que conducen a la identificación de cada tema.

Y la teleaudiencia se admira de la cultura, la sagacidad, la agilidad mental, la alta calificación de los panelistas. Sobre todo cuando tras identificar la incógnita uno de los integrantes del panel ofrece una breve pero enjundiosa disertación sobre un personaje célebre, un hecho histórico, una obra de arte, un lugar trascentente.

Es entonces cuando se accionan en el televidente los resortes de sus inquietudes culturales, y decide buscar cuanto antes un libro que lo instruya un poco más acerca de ese asunto sobre el que los panelistas le han ofrecido una cabal información, pero no la suficiente. Y con toda intención además.

Ese es, precisamente, uno de los mayores aciertos que ha acumulado en casi cuatro décadas de existencia “Escriba y Lea”: ser un programa que no termina en sí mismo, sino constituye un estimulante punto de partida hacia mayores búsquedas, con sus consiguientes hallazgos culturales. Ser no simplemente un vehículo del saber, sino un vehículo que da trasbordo hacia otras vías del conocimiento, como lo son, sin duda alguna, los libros.

Por eso “Escriba y Lea” sigue contando con tantos seguidores, lo cual es mucho más que admirable tratándose de un programa especializado en “lo especial”; en ese algo más que cada día debemos aprender para considerarnos cubanos y cubanas con una considerablemente sólida cultura.

Y entre otras cosas ello se debe a que nunca “Escriba y Lea” ha hecho concesiones ni a modismos ni a tendencias, sino ha mantenido en sentido general su tónica, su diseño y su estructura a través del tiempo, para propender a eso que en el argot de los medios de comunicación suele llamarse “habitualidad”.

Una habitualidad que hubiera podido erosionarse irreversiblemente a cuenta de los continuos movimientos padecidos por el programa dentro de la parrilla de programación, y que, sin embargo, ha tenido como respuesta de la teleaudiencia, más que habitualidad, fidelidad.

Por eso los televidentes habituales –o fieles- de este espacio desde sus inicios, son capaces de rememorar los rostros y los nombres que lo han hecho posible a lo largo de más de treinta años. Al menos los rostros y los nombres de quienes han aparecido en pantalla.
Y saben que la doctora María Dolores Ortiz –la única mujer entre los panelistas- es fundadora del programa, junto con esa misteriosa y casi cabalística plumita rematada en un colgante que la ha acompañado en cada una de las emisiones, como si fuera un talismán. Y recuerdan con admiración a los desaparecidos profesores Galich Menéndez, Du Bouchet, Sosa y Fernández Bulté, del mismo modo que hoy admiran la experimentada sapiencia de Pérez Herrero y la juvenil sabiduría de Félix Julio.

Pero si un nombre y un rostro perviven en el recuerdo de los fieles de “Escriba y Lea” son los de José Antonio Cepero Brito, quien fundara en su condición de moderador ese programa. Un difícil cometido que Cepero –como siempre se le conociera popularmente- asumió cabalmente y con la simpatía que siempre lo caracterizara. Lo cual también hiciera posteriormente el también desaparecido Daranas y hace en la actualidad Alfredo Calderón. Un difícil cometido, porque de la cultura, sagacidad, agilidad mental y alta calificación del moderador depende el buen desempeño de los panelistas.

Pero no ha sido el propósito fundamental de este espacio que los panelistas descubran los enigmas que se les proponen. Lo que pretende como objetivo mayor “Escriba y Lea” es que salga triunfante la cultura, que la victoria sea para esa teleaudiencia que se nutrió de nuevos conocimientos o al menos logró refrescarlos siguiéndole los pasos al programa.

Por eso, y en favor de la prevalencia de la cultura, cada emisión ofrece selectas variedades musicales que refuerzan el buen gusto del televidente, a la vez que lo actualizan en el surgimiento de jóvenes valores de la música.

Y como desde su propio nombre el programa convida a leer, lógico es que semana tras semana se haga una argumentada invitación a un título, empeño que ha corrido a cargo de prestigiosos hombres de letras como Guillermo Rodríguez Rivera y Fernando Rodríguez Sosa.

Nunca se hará demasiado por dotar a los cubanos y cubanas de un nivel cultural cada vez más alto y de un gusto estético cada vez más elevado y depurado. Mucha más larga vida tenga entonces un programa que tanto ha hecho por lo uno y por lo otro. Bendita su permanencia durante casi cuarenta años, inspirado en la prédica martiana que concede tanto valor a saber leer y a saber escribir, para continuar ascendiendo y andando por los caminos del saber, y seguirlo haciendo a la manera de “Escriba y Lea”.

 

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