El equipo de realización de LCB: La otra guerra asegura que no hubo adulteración del sentido de los hechos: «cada uno de esos asesinatos terribles cometidos por los alzados tiene nombres y apellidos, fecha y lugar»

Las emociones despertadas por la serie LCB: La otra guerra, que se transmite desde marzo por la Televisión Cubana, han llenado de satisfacción a sus creadores, como lo confirmaron Alberto Luberta Martínez, director y guionista; y Eduardo Vázquez Pérez, investigador histórico, creador de los argumentos y del cual partió la idea original. Lo asegura también el reconocido actor Osvaldo Doimeadiós, quien se les unió para visitar la Redacción Multimedia de Juventud Rebelde con el propósito de responder los comentarios e interrogantes de nuestros lectores.

—¿Esperaban que la serie gustara tratándose de un tema que pudiera resultar poco atractivo para los jóvenes?

—Alberto Luberta (AL): No voy a negar que resultaba un reto desde el principio, por la predisposición que encontramos en parte del público respecto a temas que puedan resultar «panfletarios»; sin embargo, debo decirte también que nos enfocamos específicamente en los jóvenes y confiamos en las situaciones que presentaba el guion.

—¿Cuáles fueron las razones por las que decidieron no utilizar los nombres reales de los personajes? ¿En quiénes se inspiraron para construir el personaje de Mongo Castillo?

—Eduardo Vázquez (EV): La decisión de sustituir los nombres fue en función de poder manejar con más libertad las situaciones dramáticas. Si desconcentras la acción se pierde tensión. Si manteníamos los nombres reales no se podría haber creado una familia como la de Mongo. Es un personaje de ficción, pero conformado con la vida de varias familias revolucionarias. Siempre tratamos de respetar el concepto, el sentido de la época.

—AL: El personaje de Mongo Castillo realmente está inspirado en los campesinos prácticos Mongo Treto y Puro Villalobos; sin embargo, la constitución de la familia de Mongo Castillo no corresponde a ninguno de los dos.

—¿Cuánto hay del Mongo real en el personaje de la serie y cuánto del mismo Doimeadiós?

—Osvaldo Doimeadiós (OD): El personaje fue un regalo. Un día Luberta me pasó un mensaje y me dijo que estaba preparando una serie y me envió por correo los primeros capítulos. Cuando empecé a leerlos no pude parar. Esa noche no dormí porque el personaje no dejó de darme vueltas en la cabeza. Después en la preparación tuve la suerte de contar con la ayuda de Luberta y Eduardo Vázquez, quien me prestó una larga entrevista que en 1983 le hicieron a Ramón Treto, la persona real en la que se inspiraron para escribir el personaje.

«Una de las cosas que siempre me llamó la atención fue la inteligencia y sagacidad de ese hombre, quien era analfabeto. Quise mantener la gracia del personaje, sus dicharachos, las palabras mal dichas que le escuché decir. Creo que luego es tarea del actor integrar todo eso y por supuesto tratar de matizar y humanizar la manera de conducirse el personaje. También en mi caso estaba corriendo un doble riesgo, pues el público me identifica con personajes humorísticos campesinos como Pipo Pérez, algo que traté de esquivar y que junto a Luberta estuvimos vigilando durante el rodaje. El resto es ponerle la cuota de verdad que exige un personaje de esta naturaleza».

—¿Los actores tuvieron la oportunidad de conocer a las personas reales que inspiraron a sus personajes (si es que aún están vivos) o les hablaron de ellos para que pudieran representar mejor sus personalidades?

—OD: La mayoría de esas personas que combatieron, y en los cuales se inspira la serie, ya murieron. En mi caso leí sobre el personaje y pude observar un documental que hizo la Televisión Cubana en la década de los 80, en el cual aparece Mongo Treto.

—EV: Nuestros asesores Pedro Etcheverry, Luis Rodríguez y otros más, nos proporcionaron gran cantidad de materiales. Además, se realizaron entrevistas a participantes. Pero te voy a poner algunos ejemplos:

«El Mongo Castillo de la serie tuvo como fuente principal, en primer lugar, a Mongo Treto, pero también tomó rasgos de Puro Villalobos, como la situación con un hijo, a quien en combate se le encasquilla el arma y él consideró que había cogido miedo. El viejo lo castigó, pero el muchacho luego demostró que era guapo. Hubo familias con un hijo mártir de la Revolución y otro alzado. En particular quisimos recordar la tragedia de la familia Tartabull.

«Sergio, el joven de la Seguridad del Estado, tiene mucho de René Martínez, conocido como Chaleco, que en ese momento tenía solo 22 años. Pero hay acciones de ese personaje que vienen de otras personas.

«Guayacol, interpretado por el actor Carlos Gonzalvo, también se construyó sobre la vida de varios agentes. Uno fue, efectivamente, Jipero, quien había sido policía. Su baja fue de acuerdo con la Seguridad. Pero la bronca con el jefe de los alzados (personaje de Asdrúbal Cruz) es real de otro agente que ubicó a la banda de Arnoldo Martínez Andrade. Tengo entendido que este último exagente vive aún, muy viejito. Pero al que obligaron a alzarse y estuvo a punto de que lo mataran en medio de un cerco fue otro».

—AL: Los que interpretan personajes de jefes militares conocieron personas que desempeñaron funciones semejantes en la Lucha Contra Bandidos, se nutrieron de sus anécdotas, de su forma, consultaron con ellos, incluso, situaciones específicas que aparecían en los guiones. También conocimos al hijo de El Caballo de Mayaguara, el referente que tomamos para concebir el personaje de Fernando Hechavarría. Ese fue un encuentro muy emotivo y fructífero para todos nosotros. Veteranos de aquella gesta e investigadores conversaron con los actores que interpretaban personajes de bandidos.

—¿Por qué no reflejaron bandas como la de Cheíto León o la de Julio Emilio Carretero, entre otras, o es que tienen planes de realizar una segunda temporada?

—AL: La Lucha Contra Bandidos está llena de historias interesantes, y cuando se trata de hacer una serie de 15 capítulos siempre es necesario decantar. Por tanto, hay muchas situaciones dramáticas y desgarradoras que se quedaron en el tintero para una próxima temporada (de la cual comenzamos a hablar recientemente). Y en el caso particular de la banda de Cheíto León y Julio Emilio Carretero, de ellas se refleja bastante en la película El hombre de Maisinicú.

—¿Existe manipulación en el guion de la serie?

—EV: Como hemos dicho en otros espacios, se fundieron historias de varios personajes y situaciones como un recurso dramatúrgico que se utiliza para concentrar la acción. Pero si la manipulación a la que te refieres es a adulterar el sentido de los hechos: los crímenes que aparecen en la serie cometidos por los alzados, por ejemplo, te aseguro que no. Cada uno de esos asesinatos terribles tiene nombres y apellidos, fecha y lugar.

«No existe argumento de los vencidos que sea capaz de borrar ni una sola de las puñaladas que le dieron al alfabetizador Manuel Ascunce Domenech, de 16 años. Pero también ahorcaron a Pedrito Blanco, otro alfabetizador de 13 años. El ahorcamiento del hijo y el padre, que se representó en la serie, sucedió en Sierra de Cubitas. El apellido es Pisco. El muchacho contaba con 16 años. Cuando los descubrieron, hallaron al padre, muerto, abrazado al cadáver de su hijo. La realidad es muy dura. Tarea muy difícil para quienes no quieren ver».

—Tengo la duda de si se usaban aquí durante esos años los camiones KRAZ soviéticos, porque me parece que los que habían eran Zil 157 y los Gaz.

—AL: Estamos al tanto de que el transporte usado (sobre todo los camiones militares) es un poco más moderno con respecto a los que había en los años en que sucedieron los hechos. No obstante, por muchos esfuerzos que realizamos en aras de tener transportes que se ajustaran más a los de los años 61 y 65 no los conseguimos, y entonces la decisión era eliminar los camiones de la historia o incorporarlos y asumir la responsabilidad. Optamos por la última.

—¿Qué hace falta para hacer más programas con esta factura?

—AL: En primer lugar, empeño, mucho empeño. La serie le debe mucho a la perseverancia férrea de todo su equipo de realización, desde el que reparte la merienda hasta los actores. Fue un gran sacrificio para todos, pero absolutamente todos tuvimos el deseo de llevar adelante la serie hasta el final, porque creíamos en ella y porque sabíamos de su importancia para el público. Por supuesto, una obra de este tipo lleva también recursos, recrear temas de época (incluso si el 75 por ciento ocurre en el monte) es complicado, pero no imposible. También hay que aunar voluntades por parte de mucha gente y eso es tal vez lo que nos está faltando para que se realicen muchos más programas históricos en nuestra pantalla.

—¿Qué significó para ustedes producir un trabajo audiovisual sobre un período de nuestra historia que dejó profundas secuelas en la población?

—AL: Un reto profundo y una gran responsabilidad. Algunos de los participantes de aquella gesta aún están vivos, los teníamos cerca y sabíamos que iban a ser unos observadores agudos. Por supuesto, lograr que todos se sintieran absolutamente complacidos es prácticamente imposible, pero tengo la impresión de que han sabido valorar lo que a mi juicio es más importante: el hecho de verse reflejados en una obra que rescata aquella etapa sobre la que se había hecho poco en la televisión.

—EV: En lo que a mí respecta, es un tema que me motivó desde que cumplí 17 años y ahora paso de los 60. En la medida en que fui conociendo un poco más, me sorprendía de la cantidad de historia que dormía debajo de esa época. Como sucede con muchas historias que esperan por enamorados. Están en todas partes, la cuestión es dar con ellas.

Tomado de Juventud Rebelde

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