Con el drama filial como género, capaz de proponer temas de carácter más general, De amores y esperanzas consiguió convencer a muchos a partir de apelar a la emotividad, al mundo afectivo y al sentimental

Decía el dramaturgo español Jacinto Benavente, por boca de un empresario, personaje de la obra teatral Los andrajos de la púrpura, que «el público comprende siempre que se le emociona». Tal ha sido el credo de la guionista, actriz y realizadora Raquel González en De amores y esperanzas, cuya segunda temporada se transmitió en horario estelar de los sábados, de julio a septiembre, con la intención de satisfacer el compromiso con la crítica y el público que conquistó la exitosa primera temporada.

Aunque el horario (regularmente destinado a programas musicales o humorísticos) nunca fuera el adecuado para el parsimonioso ritmo narrativo y los graves conflictos filiales que presentaba la serie, a pesar de todo se revalidó la máxima de Benavente, e incluso la teleserie consiguió enaltecer la desvaída programación dramatizada nacional.

Con el drama filial como género, capaz de proponer temas de carácter más general, De amores y esperanzas consiguió convencer a muchos a partir, ya lo dijimos, de apelar a la emotividad, al mundo afectivo y sentimental, mediante tres factores fundamentales: primero, la fuerza y capacidad del guion a la hora de atrapar el pulso de un bufete de abogados y los conflictos que allí se dilucidan; en segundo lugar está la irrefutable entrega a sus personajes de la mayor parte de los intérpretes, casi todos colocados muy por encima del imprescindible nivel de eficacia y competencia; en tercero se incluye la frescura y naturalidad aportada por los rodajes en exteriores.

Obligatoria es la referencia a la virtud añadida por algunas de las inmarcesibles canciones de Silvio que, en ocasiones, complementaron o realzaron los conflictos de los personajes, aunque en algunos pocos pasajes el espectador se preguntara por qué esta u otra, para ilustrar una situación dramática con la cual apenas existían puntos de contacto con la letra, más allá de alguna abstracción poética o disquisición espiritual.

Porque este crítico tiene ahora mismo deseos de reservarse señalamientos críticos, salvo los imprescindibles, y que predomine en el lector la sensación de agradecimiento y bienestar que provocó esta serie, que consiguió validar, a través de los personajes y sus problemas, la generosidad y la grandeza de alma, o el imperativo de solidaridad, comprensión y decencia que reclaman los tiempos cuando ciertos valores parecen erosionados y a punto de extinguirse. Tener entonces a algunos de los mejores intérpretes cubanos dispuestos a desplegar todas sus capacidades, con el incentivo extra de que el guion y la dirección, la fotografía y la edición se aplicaron por completo para realzar el arte de los histriones, es una verdadera dicha que ha llegado a ser excepcional en nuestras telenovelas y series.

A pesar de las muchas virtudes, aquí tampoco pudieron evitarse los desbalances interpretativos, el entrechoque entre algunos intérpretes (sobre todo jóvenes) que atropellan el texto, o construyeron solo imágenes exteriores de sus personajes, frente a otros capaces de convertir cada aparición en una clase magistral de dicción y proporcionada expresividad gestual. Se entiende que es duro para un actor o actriz novel darle la réplica conveniente a la magistral sinceridad de Corina Mestre, por ejemplo, pero vimos a algunos que salieron airosos de la    prueba, mientras que otros cada vez parecían embrollarse más y lucir menos.

A celebrar queda la honestidad de Irela Bravo para apartarse por completo de la ligereza y el glamour que caracteriza a la popular presentadora; el coraje de Violeta Rodríguez para asumir uno de los personajes más ingratos y complejos; la preciosista elocución del siempre profesional Gerardo Riverón, la aplaudible versatilidad de Jorge Martínez, o la capacidad demostrada de Edith Massola para los papeles dramáticos (aunque en la segunda temporada se disminuyeron, por guion, los conflictos que nos permitieron admirarla en la primera).

Cada capítulo nos sorprendía (si bien la sorpresa nunca ha sido el fuerte de nuestras teleseries) con la inserción de algún intérprete que enriquecía el elenco fijo, ya fuera Yailene Sierra, el argentino Gastón Pauls, o la siempre apropiada Yuliet Cruz, cuyo personaje se fue diluyendo debido a que aparecía en escenas muy cortas y aisladas, en casi todos los capítulos, de modo que, en este caso, la edición entorpeció la necesaria continuidad de su conflicto.

También debe decirse que ni siquiera el tremendo oficio de la mayor parte de los actores y actrices pudo salvar parlamentos en ocasiones demasiado farragosos, enfáticos, explicativos, o supuestamente poéticos, pero por lo regular se sortearon tales fantasmas gracias no solo a la calidad interpretativa, sino a un diseño general de los personajes bastante coherente, hasta el punto de resultar plausible o verídico, con todo y la línea argumental demasiado inclinada a los desbordes estilo Félix B. Caignet, del expósito que encuentra por azar su origen extraviado.

Aquí se trata, según me pareció entender, de colocar las emociones y el sentimentalismo en función de alumbrar muchos otros valores, y los expedientes del melodrama ampuloso y lacrimógeno corren el riesgo de evidenciar su carácter de truculencia dramatúrgica cuando se utilizan así, en su estado puro, ancestral.

Amén de tales desafueros, De amores y esperanzas presentó sensibles conflictos de convivencia, raciales, maritales, parentales, y de muy diversa índole, en un diseño que dejaba ver, en algunos personajes, desde su misma aparición en pantalla, el estigma de la maldad sin remedio, en predecible enfrentamiento contra los bondadosos y comprensivos. No obstante, en cada capítulo, por suerte, se daban situaciones o se escuchaban diálogos que aportaban razones que solían explicar o justificar dramáticamente por qué tal personaje recurría a la mentira, la violencia o el egoísmo. Así, con sencillez, y sin demasiada parafernalia estetizante, más allá de un ritmo narrativo un tanto despacioso y contemplativo, la serie logró algo tan necesario, en nuestro medio audiovisual, como la reflexión eminentemente ética del espectador.

A partir de octubre, el espacio del sábado por la noche será ocupado por otra teleserie de loable realización (si tenemos en cuenta los cortísimos avances que ya estamos viendo). Se trata de Con Ciencia, que en lugar de abogados tendrá como protagonistas a hombres y mujeres de ciencia, y a juzgar por las imágenes, y por el aval de su director Rudy Mora, también se aborda la realidad contemporánea cubana con energía y rigor. A este paso de calidad sostenida, a lo mejor hasta nos convencen de que el horario estelar del sábado es idóneo para este tipo de teleseries cubanas, dominadas por un ánimo reflexivo o ético, y por la voluntad de respetar la inteligencia y el buen gusto de los espectadores.

Comentarios   

#2 maguero 11-10-2018 17:41
Desde los 80 hasta la fecha hemos tenido la desgracia de que la TVC ha perdido calidad en todo lo que refiere a series y novelas .A pesar de tener excelentes actores , pero tengo que reconocer que tanto la serie Zoologico , LCB la otra guerra , UNO y ahora de De amores y esperanzas han demostrado que justificarse con la falta de recursos no vale para realizar una serie con calidad .primero existio un buen guion , actores que calaron bien con sus actuaciones en el televidente , escuche muchas opiniones , la mayoria querian una tercera temporada lo cual demuestra que valio la pena el trabajo realizado por este colectivo tanto de actores como trabajadores que tuvieron que ver directa e indirectamente con la filmacion de esta serie .Para ustedes felicidades que mayor orgullo que tener el reconocimiento de sus televidentes.
Reportar al moderador
#1 Ko54 08-10-2018 13:50
de acuerdo las cuestiones a señalar perfeccionan lo bueno que se hizo, nada mas
Reportar al moderador

Escribir un comentario

Código de seguridad
Refescar