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No voy a escribir del adolescente que con apenas quinto grado empezó a trabajar en el gobierno de La Habana, y estudiando se hizo universitario, Dr. en Ciencias y  ha recibido varios doctores Honoris Causa de altos centros de estudio de distintas latitudes.

Ni del hombre que ha recibido premios, condecoraciones de Cuba (Félix Varela, entre otras) y de Francia, Italia, Bolivia más otro importante número de naciones que le han reconocido como uno de los cimeros intelectuales de Cuba en las últimas décadas.

No dedicaré estas líneas al mortal vestido de gris venerado por los habaneros, que se le acercan con un documento que consideran importante, o para brindarle un café con leche, como gratitud por haber convertido su barrio en lugar confortable.

No me detendré en una oratoria singular que puso de pie (es un solo ejemplo) a los Delegados del Sexto Congreso de la UNEAC, cuando habló de lo cubano y la necesaria unidad que deben buscar los nacidos en esta Isla, tampoco del diputado por varios periodos, ni del miembro del Comité Central del Partido Comunista, del escritor que acumula una sustancial papelería especialmente acerca de la historia de Cuba.

Haré una breve parada en el comunicador que en los años ochenta, quizás un poco antes de la declaración de la Habana Vieja como Patrimonio de la Humanidad, con el periodista Orlando Castellanos montó un espacio para hablar y enamorar a su ciudad. Aquella incursión mutaría hacia un programa televisivo Andar la Habana, que logró devenir propuesta cultural y de entretenimiento por varios años, tanto que “andar La Habana” se ha convertido en una manera de decir caminar mucho.

Ese programa televisivo con varios directores (Teresa Ordoqui, Puri Faget, entre otros) tuvo el mérito de dar a conocer al país un modo especial de decir, una oratoria culta y a la vez sencilla, para admirar a los eruditos y convencer a los menos letrados que vale la pena caminar por calles adoquinadas entre vetustas construcciones, que esconden a veces vitrales sorprendentes.

Pero no seguiré escribiendo de ese comunicador, sino de mi vecino Leal o mi Leal vecino. Lo veo salir de su casa algunas veces, cuando yo abandono la mía temprano en la mañana, rápido, casi siempre apurado, pero con tiempito para cruzar y preguntarle a la octogenaria Emy por su hijo, ella que muy oronda me  ha enseñado el almanaque del año que Leal siempre le trae.

ÉL se me ha acercado para quejarse de la basura tirada en una esquina o del agua corriendo por el contén porque “no se dan cuenta que los niños se pueden infestar”.

Llevaba yo  un año viviendo cerca de mi vecino Leal, cuando una tarde, debajo de un fuerte aguacero vinieron a buscar a Ramón.  Su perrita, tan vieja como el, lo tenía atado a su casa, donde comía más de lo que le regalaban los vecinos que de lo hecho por él.  Leal le había preguntado si quería ir para un hogar de abuelos y cuando Ramón le dijo que sí, allá lo llevó donde está limpio, bien comido, sale de vez en vez a casa de sus hijos y disfruta lo que le queda por vivir.

Creo que, de Leal, (Eusebio, por supuesto) se ha escrito y escribe mucho en estos días porque su novia, La Habana, se prepara para celebrar sus 500 años. Es justo que se haga, pero yo quiero que Usted lector sepa un poquito más de mi vecino Leal o… mi Leal vecino, y valga ese apellido para definir una personalidad.

 

 

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