0
0
0
s2smodern

La serie, codirigida por la novel Heiking Hernández y el experimentado Fernando Hechavarría, aporta un delicado balance entre la naturalidad de la puesta en escena y el tono espontáneo o conversacional

Es realmente pequeña la cifra de series cubanas que me proporcionaron la sensación de que puedo encontrarme a sus personajes en la calle, caminando entre los desconocidos con los cuales me cruzo, esos que nunca aguantan la mirada más de dos segundos, y jamás volverás a encontrarte. Así me ocurre con los personajes de Vidas cruzadas, tal vez por dos razones poderosas: apenas conocía (me confieso culpable) a varios de los intérpretes protagónicos, y así se refuerza la impresión de que son gente como uno, y no un actor o actriz reconocible «haciendo de…». Por otro lado, la serie, codirigida por la novel Heiking Hernández (Zoológico) y el experimentado Fernando Hechavarría (actor todoterreno, uno de los grandes de este país), también aporta un delicado balance entre la naturalidad de la puesta en escena y el tono espontáneo o conversacional, para así comunicar, con notable veracidad, los momentos de calma, dicha o abatimiento de los protagonistas.

Algunos lectores me han dicho que controle mi entusiasmo, porque la serie no ha sido capaz de encantar a la audiencia, así que el público probablemente malentienda mis aclamaciones. Pero es que tal vez el desinterés de algunos obedezca a las mismas razones que mi beneplácito. Vayamos por partes: la posible falta de entusiasmo delirante por parte de los espectadores, obedece quizá a que el diseño y la composición de personajes, desde el argumento y guion de Yamila Suárez (de talento probado por la recordada La otra esquina) hasta el trabajo de los actores, surgen de una intención más realista, verosímil y espontánea que otras series o telenovelas cuyas situaciones y caracteres se apegaron al folletín, a la espectacularización de las emociones, y por tanto conquistaron la inmediata aprobación del televidente.

Debido a ese tono agradable y cotidiano, fresco, natural y muy contemporáneo que consiguen no solo el guion y las actuaciones, sino también la presentación animada de Heidy Cruz y Carlos Álvarez, la luminosa fotografía realizada por Claudia Remedios y la muy adecuada música de Alejandro Falcón, es que me agrada la serie, una denominación que prefiero por encima de la etiqueta tradicional de telenovela.

Es necesario admitir que si bien se marca distancia respecto al melodrama extremo o lacrimógeno, también se incluyen situaciones paradigmáticas de ese género como los conflictos filiales o generacionales, los secretos trascendentales, la dificultad para decidir entre una y otra pareja, la maternidad como coronación para unos y tragedia para otros…, pero estas y otras situaciones de ascendencia telenovelera son situadas en un contexto bastante realista que habitan trabajadores por cuenta propia, artistas e intelectuales con trabajos diversos y específicos, personajes en los que uno puede creer porque se parecen a vecinos o conocidos.

Nunca intento ocultar el elemento subjetivo que me anima a escribir una crítica, y a estas alturas del comentario ya se habrá percatado el lector de que Vidas cruzadas me parece una opción atendible y digna para el dramatizado cubano más popular de la programación televisiva. Me agrada lo suficiente como para seguirla día tras día, a pesar de ese título que huele a lugar común, y de la extrema sujeción de toda la trama, durante los primeros capítulos, a una situación bastante insólita en un país donde pulula el chisme y la habitual intromisión en la vida ajena: un hombre que mantuvo, en secreto, durante muchísimos años, dos familias, dos parejas, dos identidades. Por suerte, la serie sitúa al padre de doble moral, y su fallecimiento, solo como motor de arranque y fuerza impulsora de una caterva de problemas en plena expansión al interior de varias parejas cuyos conflictos trascienden el tema inicial del duelo de ambas raleas por la desaparición de un progenitor muy querido, pero evidentemente mentiroso e hipócrita.

Actualmente, a mediados de la serie, estamos asistiendo al delineado de sendos retratos filiales a partir sobre todo de la relación de atracción-rechazo entre los hermanos, además del paulatino establecimiento de Patricia y Pablo como nuevos protagonistas. En este proceso de sucesión generacional, el televidente tiene la posibilidad de juzgar y dictaminar veredictos que pudieran transformarse sobre la marcha, respecto a las culpas, errores y egoísmos de cada personaje, puesto que la actitud intransigente y negativa de tal protagonista puede moderarse, e incluso cambiar, en los próximos capítulos, siempre a la luz de los que parecen ser los principales temas de esta serie: la necesidad de conservar la integridad familiar, el imperativo de ser honestos, y la contradicción entre intereses personales y colectivos, es decir, la eterna elección entre el yugo o la estrella, todo ello llevado a un plano común, sencillo, donde suelen ocurrir, sin que apenas las notemos, estas grandes decisiones.

Yazmín Gómez evidencia su gran capacidad como actriz.

En esa dialéctica, que apunta mayormente a la redención y el mejoramiento humano, se prefigura una idea acertada del guion: la revelación de sucesivos estratos de mentiras y dobleces, mientras se trazan estas dos instantáneas de grupos filiales cuyas fealdades o divergencias se exponen con cierta hondura en los matices, a pesar de que a veces se echa de menos mayor penetración en lo que hacen los personajes (más allá de lo que dicen o sienten) en un estudio fotográfico que solo a veces lo parece, o en una finca donde los dueños se ven trabajando en muy contadas ocasiones. Pero tales acciones físicas no siempre pueden ser ideadas por los actores o la dirección, sino que debieran estipularse desde el guion y la producción, sobre todo en este tipo de series totalmente rodadas en exteriores y con evidentes pretensiones de conseguir cierto realismo.

Además de todas las virtudes expuestas, admito que aplaudo Vidas cruzadas en tanto meritorio resultado, en pantalla, del esfuerzo y el talento de un equipo técnico-artístico en su mayoría integrado por jóvenes, algunos de ellos recién egresados de la Facultad de Arte de los Medios de Comunicación Audiovisual (Famca). Y lo mejor que se puede decir sobre el grupo de intérpretes noveles es que apenas se nota la corta experiencia al lado de figuras consagradas y completamente dueñas de la pantalla. Habrá que tener en cuenta para inmediatos y futuros desempeños a Bárbara Rodríguez y Roberto Espinosa (los hermanos recién huérfanos). Habría que aplaudir la admirable madurez histriónica de Yazmín Gómez y Daisy Quintana, así como el creciente dominio del medio televisivo en Niu Ventura y Alicia Hechavarría, y la apreciable sinceridad tanto de Enmanuel Galbán como de Andrea Doimeadiós. Ambos pudieran tratar de trabajar más a fondo, en lo sucesivo, los diferentes matices que caracterizan a un personaje molesto, airado, que en cualquier situación arruga el ceño, y se enfrenta a todo contratiempo a partir de la intransigencia y la irascibilidad. A partir de sus cortas y brillantes carreras, estoy convencido de la capacidad de los dos para superarse a sí mismos.

Andrea Doimeadiós, siempre tan convincente.

Vidas cruzadas supo sobrepasar todo tipo de naturales prejuicios y condicionamientos entre numerosos espectadores: su antecesora, En fin… el mar provocó una marea de detractores que llegó a la abominación del producto audiovisual nacional; salió al aire para sustituir la inexplicada prórroga en la transmisión de la ya anunciada Más allá del límite; y además, por si fuera poco, asumió la frecuencia de tres veces a la semana que en los inicios le restó espacio a la popularísima telenovela brasileña.

Maité Galbán encarna a Mercedes.

A pesar de todo ello, la teleserie cubana se viene imponiendo paulatina y seguramente, y estoy convencido de que en el futuro próximo, a la hora de recordar un dramatizado nacional realizado con profesionalidad, mesura, conocimiento del medio, incluso una visualidad plausiblemente contemporánea y a ratos hermosa, vendrá a la mente Vidas cruzadas, aparecida en pantalla casi sin promoción, como si la Televisión Cubana renegara de ella, cuando se trata, en cambio, de una de sus más dignas entregas en fecha reciente.

 

Escribir un comentario

Comparta sus comentarios con los internautas


Código de seguridad
Refescar