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 A propósito del aniversario 20 del gustado espacio cinematográfico

Veinte años después del surgimiento del Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano, en 1999 irrumpe en las pequeñas pantallas un programa que sin duda significó una esperada y necesaria prolongación de esa gran fiesta de la cinematografía, que anualmente se dedica a la porción continental desde el Río Bravo hasta la Patagonia, sin excluir las naciones insulares caribeñas.

No pudo tener un nombre más acertado ese espacio televisivo que De nuestra América, para de ese modo honrar la denominación que hiciera el Apóstol de este pedazo de mundo, en un paradigmático ensayo que data de 1891... y aún conserva su vigencia. Y en los azarosos tiempos que viven nuestros pueblos, tal vez sería mejor decir su urgencia.

Este año De nuestra América está celebrando su vigésimo aniversario, y lo hace con la satisfacción de haber llevado a los hogares de toda Cuba lo más valioso y representativo de una producción cinematográfica, que dos décadas atrás no tenía la presencia que ameritaba en nuestra televisión, colmada en aquel entonces de películas de mejor o peor factura, pero en su mayoría portadoras de los mensajes que suele difundir en sus propuestas el cine hollywoodense.

Con el guion y la conducción del crítico de arte Frank Padrón -muy justamente galardonado con el Premio de Periodismo Cultural José Antonio Fernández de Castro este año- De nuestra América apostó desde sus inicios por mostrarle a la teleaudiencia nacional un cine diferente, comprometido ante todo con la realidad continental. Un cine al que solo se tenía acceso cada diciembre durante el Festival, que el resto del tiempo echábamos en falta los cinéfilos.

Precisamente a esos amantes del séptimo arte ha tenido siempre en cuenta Frank Padrón, quien con sus atinados comentarios, sustentados en un lenguaje ilustrativo y sencillo -en modo alguno simple- ha señalado durante dos decenios los posibles valores artísticos, estéticos, técnicos y sociales de cada uno de los filmes que ofrece semana tras semana... excepto durante las programaciones de verano, cuando De nuestra América recesa, muy a pesar de sus fieles seguidores.

Además de la selección de los materiales transmitidos -desde filmes de gran diversidad genérica hasta video clips, pasando por ocasionales dibujos animados-, la comunicación directa entre su guionista y conductor con los receptores ha sido, a mi juicio, la clave del éxito de un programa mediante el cual muchísimos cubanos de varias generaciones comenzaran a apreciar en su justa dimensión sociocultural, lo mejor de la cinematografía "nuestroamericana".

Enhorabuena a De nuestra América por el aniversario que está celebrando en 2019, para beneplácito de sus cinéfilos. Larga vida a este espacio televisivo que ha llevado a los hogares de Cuba la más genuina cinematografía de unos pueblos que deben darse prisa por conocerse cada vez más, como quienes van a pelear juntos, para que no les pase por encima el gigante con botas de siete leguas.

 

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