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 La suprema encarnación danzaria de la aldeana enloquecida que murió de amor, de la gitana veleidosa que sedujo a un militar y a un toreador; la prima ballerina assoluta que echando su suerte con la palma forjó una de las más prestigiosas compañías del planeta y cimentó desde sus ejemplares tenacidad y virtuosismo la escuela cubana de ballet.

Se ha marchado Alicia, y desde el instante de dar a conocer la dolorosa noticia la Televisión Cubana nos la ha devuelto en sentidas crónicas y en viejos materiales fílmicos que muchos añorábamos volver a ver con la admiración y la emoción de la primera vez.

Desde este 17 de octubre hay en Cuba y en el mundo que apreció su inmenso arte un duelo de zapatillas, un desconsolado aletear de cisnes que a estas horas se resisten a ejecutar los treinta y tres fouettés que la harían inolvidable. O quizás inigualable.

Ya nuestro país se estaba aprestando a conmemorar el año próximo el centenario de Alicia Alonso, y habrá que festejarlo inevitablemente porque ella ahora sólo ha hecho un relevé para empinarse hacia la inmortalidad que desde hace mucho tiempo tenía merecida.

Se ha marchado Alicia dejando en nuestra patria un legado que abarca más allá de su arte extraordinario y se expresa en su apego a las más nobles, justas y humanistas causas. Esas causas en que nos va la vida.

Se ha marchado Alicia, como cuando tras su última y grácil reverencia al público que la ovacionaba, su figura se ocultaba detrás de un telón. Se ha marchado Alicia Alonso: Carmen y Gisselle están de luto y el Lago se desborda por primera vez... pero de lágrimas.

 

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