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Reflexiones a propósito de la convocatoria para celebrar el aniversario 70 del surgimiento del medio televisivo en Cuba

Hace sesenta y nueve años, el 24 de octubre de 1950, comenzaron las transmisiones televisivas en Cuba para que nuestro país se convirtiera en uno de los primeros del mundo en disfrutar de la magia y los sobresaltos que provenían de una pequeña y luminosa pantalla.

Hoy empieza entonces a transitar nuestra televisión por sus 70 años de existencia y aún sigue siendo un medio de comunicación de profundo arraigo e impacto entre los cubanos, a despecho de las múltiples alternativas y los diversos soportes tecnológicos existentes en la actualidad.

Un inmenso desafío ha representado para la Televisión Cubana –que no es la mejor del mundo porque ninguna lo es– haber transitado o mejor aún encarado desde sus orígenes las más diversas etapas y los más complejos avatares sin renunciar –incluso en sus períodos más comerciales– a identificarse con su más habitual y leal teleaudiencia, que desde los albores de los años cincuenta la ha considerado casi como un miembro más de la familia.

Y como con la familia los cubanos solemos ser indistintamente tan indulgentes como intolerantes, a nuestra casi septuagenaria televisión le disculpamos a veces ciertos desaguisados, mientras en otras ocasiones nos tornamos con ella muy exigentes, especialmente con sus espacios de producción nacional.

Haber sido la nuestra una población que tan temprano recibiera el influjo del atractivo y poderoso medio, tal vez no solo ha condicionado su perdurable identificación con el mismo, sino también el elevado sentido crítico –y en ocasiones hipercrítico– con que se asumen sus propuestas, en especial si se trata de programas de factura nacional.

Ni una ni otra debe ser la actitud extrema con que nuestro pueblo juzgue las propuestas televisivas, aunque sin duda alguna sí corresponde al personal artístico, técnico y dirigente involucrado en ellas el cometido de ofrecer productos de altos valores estéticos y éticos. Es esa en Cuba la suprema razón de ser de un medio de comunicación tan masivo e influyente, obligado a promover contenidos donde se refleje lo mejor de la cultura nacional y universal, así como los preceptos político-ideológicos que son inspiración y sustento de nuestra sociedad.

Dista aún la Televisión Cubana de promover en toda su parrilla productos de tan altos quilates, pero justo es reconocer que a contrapelo de la globalización que pretende socavar las más autóctonas expresiones culturales de los pueblos, pone su empeño en la defensa de nuestra identidad, aunque en determinadas y lamentables ocasiones la idiosincrasia nacional se confunda con la banalidad y la vulgaridad.

De cualquier modo –y sin que ello conduzca a una acomodaticia complacencia que dilate la búsqueda de necesarias soluciones– hay muchas razones para sentirnos orgullosos de estos sesenta y nueve años de historia de la televisión en Cuba, con la certeza de que siempre tendrá que ser ese maravilloso vehículo de instrucción, información y esparcimiento que merece nuestro pueblo.

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