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Que la sociedad cubana necesite series como Rompiendo el silencio es una deficiencia que como país tenemos que eliminar. No bastaron ni la revolución de las mujeres dentro de la Revolución de los años sesenta del siglo veinte, ni el Código de familia y otras acciones emprendidas por la Federación de Mujeres Cubanas, lideradas por Vilma Espín.

Tampoco es suficiente el trabajo sistemático y útil de instituciones como el CENECEX o el Proyecto Palomas, porque la violencia contra las mujeres y  las niñas sigue siendo una realidad que a veces se queda en el entorno del hogar porque  las violentadas  muchas veces no acuden a la policía a realizar las denuncias pertinentes.

Mucho menos una buena parte de las afectadas se queja de violencia sicológica que es mucho más común de lo que todos pensamos.  Cuando se le echa en cara a una muchacha que es una mantenida, se está violentado aunque no se levante un dedo.

Y subrayo: este no es sólo un problema de Cuba, es una constante en el primer mundo y  en los residuos de comunidad primitiva aún existentes, porque de lo que se trata es de la sociedad patriarcal  en la que vivimos: “donde se ha hecho relativamente poco es en lo que se refiere a la obligación más general de prevención de la violencia contra las mujeres, en particular la obligación de transformar las estructuras y los valores patriarcales que perpetúan y consolidan esta violencia sexista. Trabajar la violencia como un problema que puede ser resuelto por la vía penal, únicamente, es un grave error. Porque la vía penal, además de ser ineficiente y androcéntrica, está centrada en el castigo de los perpetradores, no en la restitución, rehabilitación o el resarcimiento de las víctimas. Y, más importante aún, no en el cambio de las estructuras sociales y mentales que mantienen y hasta promueven esta violencia”, en opinión de la reconocida especialista Alda Facio, abogada, feminista, consultora de las Naciones Unidas.

Por eso aplaudo con mis dos manos que Rolando y  Lucía  Chiong, en guion, más él y Legna Pérez en dirección, se hayan sumergido en historias, algunas no tan comunes, en las que mujer y frazada de piso son sinónimo.

Aplaudo el tema de presentación de Telmary Díaz y Amaury Ramírez Malberti,  ejemplo de  letra, rima  y ritmo pegajoso  en un rap que resulta muy atractivo.

La serie es  un  tema (mejor, un conjunto de temas) que debe estar presente en los medios de comunicación, pero también las escuelas donde quienes trabajan deben sembrar en  los educandos semillas de equidad.

A raíz de que publiqué mi primer acercamiento al asunto hubo dos comentarios que quiero citar. Uno es de  Con criterio propio que dice “Trabajo el tema de la violencia pero en la esfera laboral desde hace 15 años y hemos ido cambiando de supuestos y criterios porque al igual que otros temas, también cambian cuestiones importantes, no obstante los presupuestos son los mismos “abuso de poder, de hecho o de derecho”, la persona que abusa de otra lo hace porque siente superioridad sobre ella y aplica esas tácticas de demeritarla, de ofenderla, de forzarla a hacer lo que no quiere, de maltratarla de cualquier manera y al final, la víctima tiene salidas diferentes: abandonar la lucha, enfrentarse, suicidarse o convertirse en homicida.”.  Esta es una arista que no se tocó en  Rompiendo el silencio, porque en la esfera laboral  existen casos de discriminación o  persecución sexual desde el cargo de director, jefe de brigada o gerente (incluso de mujeres que abusan de otras mujeres, o lo intentan, desde la jefatura)

El otro comentario que suscribo es de MCS  que afirma “ Es totalmente inaceptable que en Cuba, aunque solo fuera un caso, y por supuesto en cualquier parte del mundo, que exista tolerancia con la violencia hacia los niños, la mujer, y los ancianos. Pienso que atribuir hechos de esa naturaleza a conductas machistas pudo ser aceptable en determinada época pasada y país, pero no en Cuba, y que debe recibir el tratamiento de otros delitos que se investigan y procesan de oficio, y sancionables con leyes similares a cualquier crimen que imponen largas condenas al comisor. Y digo de oficio porque no son pocas las anécdotas de féminas que cuando son agredidas salen en defensa de su agresor con la famosa frase: es mi marido. Expresión tan denigrante como el hecho en sí. Esto lleva tratamiento psicológico para esas víctimas. Sabido es el progreso personal de las mujeres cubanas en todos los campos de nuestra sociedad, su fuerza es la que realmente sostiene y mueve el país, son las más esforzadas y los verdaderos hombres son los que le rinden el respeto y tributo que se han ganado y merecen. A quién agrede verbal o físicamente a una mujer no se le puede llamar hombre, tampoco es “guapo” sino un cobarde casi siempre incapaz de enfrentar a verdaderos hombres. Hacemos intensa campaña nacional educativa en los medios para disimiles asuntos, algunos sobre asuntos menos apremiantes, y este sino es el más importante es uno de ellos. Divulguemos las sanciones penales a que pueden ser sometidos los abusadores, extendamos su desenmascaramiento a sus lugares de trabajo y residencia, hagamos una campaña total para acorralar y eliminar ese vergonzoso mal. Debe ser un asunto de pueblo y estado.”

Volviendo a la serie: coincido con algunos foristas que hubo demasiados finales abiertos. Y Dios (más  Marx y Shangó) me libre de querer happy end, lo que hubiera sido conveniente es saber más de que pasó con el violento y con la (o las) violentada(s). Ambos debían tener un proceso de sanación, si realmente queremos construir un mundo mejor.

La dirección de actores, fotografía y edición estuvieron bien, pero quizás en ese proceso de revisar y rehacer los guiones a partir del interés de que se hiciera bien y no mal,  quedaron algunos finales sin  final, en temas que exigen que el televidente, incluso el “victimario”,  sepa lo que le puede pasar.

Esperé para escribir estas líneas que se trasmitiera el programa de cierre. Pensé que iba a saber, por ejemplo, cual es el índice de violencia en Cuba a partir de denuncias o tratamientos en hospitales; datos de cómo fue recibida la serie por el público, en fin algo del tempano metido en el agua, porque  Rompiendo el silencio fue solo  lapunta del iceberg pero… me quedé con los deseos de saber más.

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