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A Clave le debo desde hace tiempo un comentario dirigido a sus propuestas que, según la cartelera, veo que por lo menos muestran variedad y ya eso es un tanto. Algunos de sus espacios son reposiciones de los que se exhiben en otros  canales.

Se que han sido transmitidos muchos programas musicales en el verano  y está bien, lo que no estoy segura que la calidad de los intérpretes merezca un tiempo en televisión. Hoy  escribiré de dos ofertas.
Que el uso de luces inteligentes  no determina en la calidad de un programa se comprueba en Al fin, sábado. No se trata de llenar la pantalla de manera caótica de luces sin que tengan una intención dramatúrgica y   una suerte de caos es lo que recibe el televidente cuando sintoniza ese programa.

Alex, el conductor, intenta ser desenfadado y se queda en la intención.  El desenfado es  una condición que no todos los conductores tienen porque se trata de una especie de don. Ocupar el sábado, por la noche,  en el canal Cubavisión es un reto muy alto que desgraciadamente esta vez   se quedó en buenas intenciones.

Los chistes, ay, los chistes. Enoel Oquendo, de Pagola la paga, repite propósitos cómicos de propuestas anteriores que no fructifican y que cuando interactúa  con Alex, el resultado es peor

Gloria Torres, directora de dos programas estelares de la televisión cubana: Rompiendo la rutina y Tiempos, no  logra trascender lo que consiguió en aquellos espacios, es como si intentando jugar con la tecnología no conquistara el punto justo.

Para más, el sábado 18, mientras veía Multivisión y grababa  Al fin, sábado,  me llamó un colega porque no se explicaba lo soez del cuerpo de baile  con danzarines de Tropicana. Cuando una ve los artistas que intervinieron Teté Caturla, cantando una canción de Bola de Nieve,  el  Septeto santiaguero; Osain del monte, música electrónica, como base a una sencilla competencia y la presentación de un mago, piensa que se trató de una oferta variada con intérpretes de calidad, pero esas individualidades no cuajaron como conjunto.

La edición con “cortinas” a modo de “carteles” en diversos colores está mal. Los cortes fueron dados, sin esperar a que terminara una acción para facilitar la entrada de otra.

En tanto, Entre amigos  quiso empezar desde ya la celebración de los 500 años  de La Habana y para eso escogió de set principal al legendario  Gato tuerto, y se quedó (también) en la intención.

Una propuesta con público escogido donde se ven personas que pueden responder preguntas de diversos tipos como Ana Fidelia Quirot, y no se inquiera con ella sobre ningún tema interesante, es de un descuido total.

Los artistas son en buena parte los que participan en el Gato,  pero un programa de televisión no es un cabaret, no lleva ni las mismas luces, ni igual maquillaje, ni la escenografía puede quedar tal y como es en realidad.

La intervención de conductores como Marino Luzardo, Alden  Knight,  y otros integrantes del elenco de El gato no consiguen ser novedosas ni imprescindibles para presentares lugares de La Habana.

Julio Pulido, un reconocido director,  tiene en su haber un programa histórico Sabadazo, pero con Entre amigos no logra agarrar al televidente como sucedió con aquel estelar de los años 90.

La televisión cambia y lo hace para todos los géneros, desde la fotografía, la edición hasta la presentación hoy son distintas.

A mi amigo Julio Acanda, un cronista excelente, que igual nos sensibiliza con un castillo de Grecia que con un camino enfangando de Pinares de Mayarí, quisiera  verlo en este espacio con igual éxito, pero… queda en la tentativa.

Aunque no son los únicos espacios con esas características, Al fin sábado y Entre amigos han dejado el sabor de estéticas caducas, que ya no dicen nada porque  estamos finalizando la segunda década del siglo XXI,  quedó  atrás el XX ¿y la vida sigue igual?. No, sabemos que no.

 

 

 

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