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 Una artista que recreó, como pocas, todas las ramas del arte escénico

Cuando yo era una niña siempre me llamó la atención el titilar de la estrellas en la noche, y mi abuela me decía que eran muy hermosas pero inalcanzables. Recordé ese criterio años más tarde cuando comencé a conocer los artistas que me fascinaban por la radio y la televisión.

Unos me defraudaban en ocasiones porque por el medio sonoro jugaba con la imaginación y la fantasía, pero con la televisión me enfrentaba a un mundo diferente.

Comencé a ver los programas en los que aparecía Rosita Fornés y recordé las palabras de mi abuela: las estrellas son inalcanzables. Yo la veía en el teatro cantando zarzuelas y operetas, o en la televisión protagonizando diferentes personajes.

Me parecía imposible que un día pudiera verla de cerca: la notaba distante y, parafraseando un poema del Indio Naborí, tan lejana como aquel lucero azul que alumbra la madrugada.

Sin embargo, los medios de comunicación para los que trabajo me dieron la posibilidad de acercarme a la estrella que creía inaccesible. Contactamos con ella para una entrevista y enseguida se mostró dispuesta. Me sentí, más que afortunada, premiada.

Nos fuimos hasta su casa y allí nos esperaba, sin afeites ni maquillajes, la mujer educada, discretamente arreglada y con una disposición increíble por contarnos su vida.

 

Habló de sus comienzos, a los 16 años, cuando convenció a sus padres de presentarse en La Corte Suprema del Arte, donde cantó una canción muy difícil, de corte español, titulada La hija de Juan Simón.

En este programa se alzó con el primer premio. Según narra en su libro “Rosita Fornés”, el escritor e investigador Evelio R. Mora, dice que la artista, en su primera presentación, estaba tensa y nerviosa, pero cuando comenzó a cantar se olvidó de todo lo que no fuera su actuación. Era el 12 de septiembre de 1938. Esa noche nació Rosita Fornés.

Después se convirtió en “estrella naciente” y los dueños de la emisora le organizaron una gira promocional por toda la Isla junto con Germán Pinelli, quien se convirtió en su gran amigo

“Junto a él viajé por toda Cuba. Éramos un grupo, recuerdo que estaban Obdulia Breijo, Alba Marina, Mercedita Valdés, Ramón Veloz, Armando Bianchi, entre otros. Germán, que era todo un animador, auxilió mucho a los principiantes. Él y su hermana Sol nos ayudaron a convertirnos en profesionales”, destaca Rosita.

Esta dama, que conserva su belleza y coquetería al hablar, resalta que en sus andanzas por los caminos del arte siempre tuvo guardianes, entre los que se cuentan su papá, su mamá y su tía Rosa.

Su debut como profesional lo hace de la mano de ese grande del teatro lírico que fue Antonio Palacios, con la zarzuela El asombro de Damasco. En esta puesta en escena el director musical fue el maestro Ernesto Lecuona y fue un éxito.

En estos años recibió clases de canto, baile y actuación con Enriqueta Sierra. Actuó también en la CMQ, siempre ligada con Pinelli en programas que se hacían en un estudio de televisión. Allí conoció al maestro Gonzalo Roig, que le instó a completar su elenco para la obra Cecilia Valdés y quiso darle el papel de Isabel Ilincheta. Sin embargo, desestimó la oferta porque no se sentía preparada para asumir un personaje como ese, aunque sí participó en el coro y bailó una contradanza.

Un tiempo después aceptó el personaje de la Ilincheta al presentarse en el Teatro Auditorium, también bajo la dirección del maestro Gonzalo Roig, que le enseñó el camino hacia el éxito y le dijo que eso se lograba solamente con tenacidad y disciplina.

Ya el camino de Rosita estaba lleno de éxitos y llegaron papeles que interpretó con aplomo y dignidad profesional como le ocurrió en Radio COCO, cuando protagonizó un programa llamado La hora Ibérica. Allí conoció a Jorge Negrete, que todavía no era un actor famoso.

Nos dice con picardía que en 1941 comenzó su ascenso en las artes escénicas, aunque el país estaba lleno de artistas que eran figuras de primer nivel como Rita Montaner, Esther Borja y Marta Pérez, entre muchas otras grandes figuras de la época.

Su debut en las zarzuelas era de tiple cómica, como ocurrió en Los Gavilanes, donde hacía un dúo con Pedrito Fernández que se hizo muy popular y el público se los hacía repetir hasta tres veces.

Trabajó en el Teatro de la Comedia y también en el Teatro Martí. Esas funciones se hacían con muy poco dinero, pero aun así logró convertirse en favoritos del público y que se le abrieran las puertas de otros contratos.

En 1944 llegó a La Habana Mario Moreno, Cantinflas, con la intención de trabajar en la CMQ. A ella la llaman entonces para hacer la contrafigura femenina y el debut se realizó donde se encuentra o se encontraba el Teatro Musical de La Habana. Dice muy complacida que tuvo la dicha de cantar, bailar y actuar con el famoso Cantinflas, quien más tarde instó a su padre para llevarla a actuar a su país.

En México le hicieron una prueba de filmación para trabajar con Arturo de Córdova y la aprobó. Sin embargo, no la aceptaron porque era muy rubia. Después debutó en el filme El deseo, dirigido por Chano Urueta, donde compartió escena con Emilio Tuero.

Su estancia en esa nación fue grandiosa y emotiva: protagonizó más de veinte filmes con directores como Ramón Peón. Su trayectoria en el cine tiene títulos como El deseo, Cara Sucia, Me gustan todas, No me dejes nunca, entre otros.

En años sesenta, de regreso en Cuba, protagoniza distintos filmes con directores como Juan Carlos Tabío, con la famosa Se permuta, Hoy como ayer, Plácido, Las noches de Constantinopla, Papeles secundarios, y algunas otras.

En televisión también brilló con luz propia en programas de diferentes cortes musicales tales como Mi esposo favorito, Desfile de la alegría, Cita con Rosita, y en dramáticos como La Dama de las camelias, Lady Windermere, Delito en Islas Las Cabras, Confesiones en el Barrio Chino, Morena Clara, Los delfines, o Nenúfares en el techo del mundo.

Rosita está considerada por la crítica especializada como vedette de Cuba, México y América. Hay que recordar la maravillosa puesta en escena de Hello Dolly, tanto nacional como internacionalmente. Ella ha trabajado todas las ramas del arte, desde el teatro lírico hasta el drama, incursionando en el cine o el cabaré. Por tal razón su la sigue amando y recordando.

Gracias, estrella refulgente, por dejarnos entrar en tu luminoso firmamento.

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PREMIO NACIONAL DE TELEVISIÓN 2018 A Clara Inocencia Castillo Alcántara

Con solo 9 años de edad, se inicia como locutora y actriz aficionada en un programa infantil en la emisora radial Radio Turquino, de Santiago de Cuba.

Con diversos premios y reconocimientos se graduó en la Escuela para Instructores de Arte en 1964. En 1968 comienza a trabajar en el Canal Tele Rebelde de Santiago de Cuba, como primera directora de programas de diferentes espacios Informativos, Infantiles, Juveniles,  Dramáticos, Musicales y Deportivos, así como de Eventos Especiales. En razón de ello ha obtenido un sinnúmero de premios y reconocimientos en Festivales Nacionales de Televisión y Caracol de la UNEAC.

Fue delegada al Festival del Nuevo Cine Latinoamericano en 1989 y jurado del festival Internacional de Documentales “Santiago Álvarez in memorian” en el 2002.

Fue Presidenta del Consejo Artístico de Tele Turquino y Presidenta de la Comisión de Evaluación de esta entidad.

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PREMIO NACIONAL DE TELEVISIÓN 2018 a Enrique Alberto Bonne Castillo.

Fundador en 1968 del Canal Tele Rebelde.

Dirigió la programación musical y luego Director de Programación de ese Canal. Así mismo, Dirigió la Coral Tele Rebelde durante 19 años. Músico popular cubano, creador de ritmos, autor de varios temas musicales interpretados por su grupo y por diferentes agrupaciones, con una vasta trayectoria musical, dentro y fuera del ámbito nacional.

Nació en San Luis, Santiago de Cuba, el 15 de junio de 1926. Inició su carrera públicamente como autor musical en 1950.  Se graduó de locutor trabajando luego en radio Turquino y en ocasiones en Cadena Oriental de Radio, cuando radicaba en Santiago de Cuba.

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