A punto de cumplir 30 años (12 de abril) entrevisté a Daniel Chile González, un joven director que a los diez años se estrenó como actor, estudió esa carrera para luego hacerse, lo que quiere ser y ya es, director. Con él vale la frase cliché de que “hijo de gato…” porque de su padre, Roberto, ha tenido no sólo los genes, sino el ejemplo.

Daniel ha pasado no sé cuantos cursos, todos relacionados con el mundo de la creación audiovisual, es algo intranquilo, de ahí su cantidad de obras a tan corta edad. Su Atrapado estará en la Muestra de Jóvenes Realizadores, con la intensión de atrapar algo. Pero que sea este muchacho quien nos cuente su quehacer:

¿Qué sucedió contigo y la actuación si tuvieron un noviazgo prometedor?

Siempre tuve claro que mi camino era el cine. Desde que estudiaba en la Escuela Nacional de Arte (ENA), iba al Cine Chaplin a visionar los grandes clásicos y cursaba talleres de lenguaje cinematográfico donde ejercitaba la puesta en cámara y el montaje. Obviamente, haber estudiado en una escuela de arte y vivir la actuación en carne propia, ha tenido un significado en mi vida y me ha dotado de una serie de herramientas para asumir la compleja dirección de actores.

¿Cuánto influyó lo genético en que te dedicarás a dibujar con la cámara?

Mi atracción por el cine comienza desde muy niño, cuando observaba a mi padre crear sus audiovisuales. Mi niñez estuvo marcada por las imágenes que él filmaba y frecuentemente yo descubría a través del lente de su cámara. En muchas ocasiones pude verlo en el set de edición y hasta en algún que otro rodaje. Y la verdad es que todo eso caló hondo en mí y sembró mi amor por el arte, y especialmente, por el cine.

¿Qué deuda tienes con tu padre?

Si tuviera alguna deuda, sería la de superarme como director de cine, luchar por mis sueños con la perseverancia que él me ha enseñado. Y por encima de todo, ser cada día un mejor ser humano. No son deudas, son compromisos con él y conmigo mismo, que trataré de cumplir.

¿Por qué tu interés de transitar por diversos cursos?

Porque el cine es un interminable camino de aprendizaje, y más para alguien que desee dedicarse a la dirección. En mi caso, he tratado de superarme y cursar diferentes talleres que me den una visión amplia del cine, conocer todos sus departamentos, complejidades, sus más recónditos misterios.

Háblame de tu primera obra ¿cómo nació? ¿qué defectos le ves a esa pieza?

Este corto partió de La Persecución, un ejercicio que realicé para un taller de Lenguaje Cinematográfico, impartido en La Habana por el cineasta cubano Hubert Barrero, quien ha sido uno de mis maestros a la vez que ha asesorado el guion de todos mis cortometrajes. Al realizarlo, decidí armar dos historias que tuvieran un hilo conductor con este ejercicio y así surgió Tres Puntos. Es un cortometraje con lagunas dramatúrgicas, pero más bien lo considero un ejercicio puramente formal, de montaje, puesta en cámara. Desde el punto de vista temático, viene a ser una exploración sobre las consecuencias de la marginalidad en un grupo de jóvenes de un barrio habanero.

¿Cuál fue tu primer premio recibido?

Fue un premio que recibí en el festival El Almacén de la Imagen, de Camagüey, por la Dirección de Arte de Túnel, mi segundo cortometraje de ficción. Es un corto donde tuve la suerte de trabajar con actores como Broselianda Hernández, Renecito de la Cruz, y dos jóvenes como Yaniel Castillo y Amanda Fariñas. Este corto explora el tema de la soledad que en ocasiones tenemos los seres humanos, y cómo por tal de tener un poco afecto somos capaces de cruzar un túnel oscuro que nos puede conducir al incierto mundo de las adicciones.

Cuéntame cómo nació Tarde para Ramón.

Es un corto sobre las diferentes perspectivas que puede generar un mismo hecho. Así surgió el personaje de Ramón, un taxista, que tiene un fuerte conflicto con su hija Laura y se enrola en una búsqueda espiritual por salvar su amor y sanar las heridas de un pasado turbio. Conté con la actuación de Jorge Perugorría, quien asumió el personaje de Ramón con sutileza y honestidad. Un actor que admiro mucho y que se entregó al rodaje con pasión.

Atrapado es el corto que te gusta más (hasta ahora), a mí también. Hazme su historia y cuenta por donde ha caminado y qué sigue.

El cortometraje trata sobre Roldán, un repartidor de pizzas que vive en una casa en pésimas condiciones y su esposa está a punto de dar a la luz. Sin embargo, la entrega de una pizza a un cliente le dará un vuelco a su vida. Es un corto que explora el tema de la ética y la moral cuando estamos sometidos a presión. En este caso, Roldán enfrenta la encrucijada de decidir entre la supervivencia de él y su familia o la vida de una persona. Este corto lo presentamos durante cinco días en el Multicine Infanta con gran acogida de público. Recientemente acabamos de participar en la selección oficial del Oklahoma Latino Film Festival, de Estados Unidos; y Carlos Luis González, el actor protagónico, obtuvo el premio a la mejor actuación masculina. Próximamente lo presentaremos en la Muestra Joven del ICAIC, que será del 4 al 9 de abril.

¿Has dirigido a Jorge Perugorría, Patricio Wood, Aramís Delgadoy Carlos Luis ¿cómo lograste el vínculo con ellos?

Los contacté a cada uno individualmente, les mostré el guion y por separado, debatimos la historia y los personajes que les proponía interpretar. Todos son excelentes profesionales, con deseos de trabajar, y, sobre todo, dispuestos a colaborar con los jóvenes que abordan el cine con pasión y responsabilidad.

¿Dijiste adiós definitivo a la actuación?

La ENA inculcó en mí el amor por el teatro. Admiro a directores de la talla de Flora Lauten, Carlos Díaz, Carlos Celdrán y siempre estoy a la caza de sus estrenos. Aunque no me atrevo a decir que no volveré a actuar, siento que mis deseos de dirigir superaron todas mis demás vocaciones, y he volcado en la realización cinematográfica todas mis energías y esperanzas, y me mantendré enfocado en ella, para no extraviarme en el camino.

¿Cuál es tu sueño en grande para el cine?

El cine tiene un carácter transformador en las personas. Mi mayor sueño sería contar una historia que despierte diversas emociones en el público, que lo haga dudar, que lo estremezca. Si alguien en la sala, después de ver mi película se detiene a pensar, al menos por unos instantes, en el amor, la amistad, la sociedad, la existencia misma, y reflexiona, piensa, medita, habré logrado mis propósitos, habrá valido la pena haberme dedicado al cine.

 

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