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Durante muchos años, los cubanos hemos contado con grandes hombres y mujeres que defendieron y defienden la locución en nuestro país. Con tan sólo mencionar los nombres de Consuelo Vidal y Germán Pinelli, entre otros, comprobamos que en este campo nuestro país también es una cantera indetenible.

Sin embargo, como sucede en otras ramas, la locución no escapa del cuestionamiento de muchos. Recae, sobre todo en los jóvenes, la responsabilidad de mantener vivos los pilares de la locución cubana o hacer cambios que no deterioren la imagen de esta profesión.  

Concuerdan varios investigadores que los locutores son, quienes frente a la cámara o detrás de ella, se convierten en el rostro – o la voz- de un vasto colectivo de creación. En sus roles de  presentadores o animadores de las propuestas comunicativas, potencian los formatos y contenidos  orientados a varios públicos. Por tanto, la responsabilidad del locutor es única e insustituible.

Cuidar el buen uso del lenguaje, respetar los conceptos y objetivos establecidos, defender a capa y espada la importancia que representa esta rama artística en los medios, incorporar elementos novedosos que mantengan viva esta difícil profesión, son tan sólo algunas cuestiones que deben tener en cuenta quienes asumen esta responsabilidad.
Sobre todo, “no hablar sin idea”, como escribiera José Martí, sino “hablar como quien pone en orden piedras de cantería”. 

 

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