Salvo raras, aisladas y contadas excepciones, desde hace muchas décadas las fieles versiones audiovisuales de zarzuelas, operas, operetas, novelas literarias y teatro clásicos ―universal o cubano― han estado ausentes de la pantalla nacional y por ende, de sus espacios regulares que brindaban a la población un amplio espectro del reservorio inagotable de la cultura mundial y de la propia.
Nuestra televisión, por más de tres decenios continuos, consolidó estas prácticas generadoras de hábitos de recepción que se transmitieron de abuelos a hijos y de hijos a nietos, y por ello, se inscribieron en la memoria colectiva y en el imaginario popular.
Por más de tres décadas, la orientación didáctico-cultural de nuestra televisión de servicio público rebasó a las tele clases y la amplia gama de informativos e hizo de las artes escénicas un vehículo cultural de lo universal y una enfática expresión de identidad nacional y en última instancia, reforzaron y complementaron los planes de estudio del sistema educativo nacional a diversos niveles. Lo mejor del talento audiovisual se volcó a ellas y ello explica su impacto, pues sus creadores formaban equipos creativos con una vasta formación especializada o poseían una amplia cultura general y puntual.
El fenómeno de su desaparición ―complejo y variopinto― se atribuye, generalmente, a factores económicos, tecnológicos o productivos, pero contiene entre otros: las perspectivas conceptuales-temáticas; las prioridades estéticas audiovisuales no televisivas; la transformación de las rutinas productivas, la escasez de asesores, guionistas o directores con sólida formación cultural o la desaparición de los adaptadores capaces, desde su cultura y probado dominio del oficio televisivo y la agudeza del ingenio colectivo en situaciones de contingencia.
La recuperación de esta zona perdida de la programación no pasa solo por los grandes recursos económicos, sino también por la perspectiva estilística de su realización y los factores subjetivos.
Las encuestas probabilísticas ―realizadas fundamentalmente en la capital― incluyen desde hace un buen tiempo, junto a la preferencia de las audiencias por ver la realidad actual, estos reclamos de quienes les añoran.
Estas novelas, teatros y géneros líricos audiovisuales permitieron a varias generaciones de cubanos; ―desde los años 50 hasta finales de los 80― descubrir su encanto y luego remitirse a la obra original; otros crearon o profundizaron su amor por estas manifestaciones artísticas y hasta sirvieron de inspiración para marcar el derrotero de algunos profesionales.
La tradición teatral cubana, exceptuando alguna de las estrenadas después de los 60, es desconocida. Las prácticas de la primera mitad del siglo XX, brindan ejemplos elocuentes de perspectivas diferentes que pudieran propiciar su resurgimiento.
Desde los años 30 y 40, pasados, cuando la subvención estatal a la cultura era ínfima, muchos proyectos se concretaron por suscripción popular y se escenificaron en escenarios públicos y salas rusticas improvisadas ―se hace aun en nuestros días― apelando a lo simbólico, lo imaginativo y lo alegórico, con elementos materiales mínimos, haciendo recaer el peso de la representación en la labor actoral. La reproducción realista, fastuosa y fiel, de la escenografía y los avituallamientos afines a especialidades complementarias; las realizaban las entidades privilegiadas por donaciones de mecenas y excepcionales casos, la Dirección de cultura del Ministerio de educación.
En el género lírico la televisión implementó dos maneras de divulgar el repertorio universal y nacional: Una era la representación exacta de los ambientes de los relatos y la otra era la inserción regular de connotados solistas, o grupos de pequeño o mediano formato en las propuestas musicales semanales, sobre todo las revistas musicales, expandiendo con altísima economía de recursos, las arias más famosas de operas y operetas y los leaders de nuestras zarzuelas.
Estoy convencida de que hay posibilidades de hacer retornar a la pantalla, por ejemplo, las zarzuelas de Lecuona, Roig, Prats y otros ―patrimonio invaluable de la nación― para darlas a conocer a las nuevas generaciones de cubanos. En la primera modalidad ―la más costosa― pudiera concebirse como un proyecto cultural nacional realizado y grabado por la televisión con el patrocinio y colaboración del Teatro Lírico, el Ministerio de Cultura, la UNESCO y cuanta institución pudiera contribuir a ello con fines patrimoniales; mediante la contribución, en finanzas o insumos, para vestuario, ambientación, utilería y escenografía ―incluso las adaptaciones dramatúrgicas a tiempos y lenguajes televisivos y sus orquestaciones y montajes escénicos― por una sola vez. Con el teatro y las novelas literarias clásicas pudiera hacerse algo similar
En la segunda, basta con la voluntad institucional de la televisión que cuenta con un coro y una orquesta; para reinsertar este género musical, uno más del reservorio nacional, en nuestra pantalla de manera habitual, considerando que ya es otra de nuestras tradiciones relegadas al olvido.
Esta prioridad no es solo de la televisión. Todos sabemos que ella, por lo vasto del sistema, la situación del país y la ausencia de patrocinio comercial; carece de los recursos para hacerlo con dignidad. Propagar la buena cultura por los medios de comunicación es asunto de todos y beneficia a todos los cubanos, porque rescata una zona importante de la historia. Estoy segura que hay una cifra elevada de cubanos nacidos después de la Revolución que desconocen este múltiple reservorio histórico-cultural en cualquiera de estas manifestaciones.
Actualmente, en las novelas literarias universales, se opta por la transmisión de las foráneas ―estrategia racional inestable y de reducida oferta por uno de nuestros canales―. Pero estas no provienen de los convenios de intercambio, se venden y bien caras. Al final, solo se difunden algunas.
Las nacionales tradicionales son excluidas de la producción pese a que son muchos los que nunca han leído o visto en la pantalla a Cecilia Valdés, Las impuras, Las honradas o decenas más, que son joyas de nuestra cultura.
La televisión si puede -en lo referente al teatro, la novela universal-cubana y las series de hace décadas― recuperar en versión digital lo que aun yace olvidado en nuestros archivos fílmicos y videotecas.
Las que se conserven íntegras, difundirlas; las que no, haciendo compactos de tanto de lo que se hizo. Entre ellas hay las realizadas por los maestros Antonio Emilio Vázquez Gallo, Cuqui Ponce de León, Roberto Garriga, Silvano Suárez y otros escritores y directores, e incluso, de hace dos decenios, la telenovela de Héctor Quintero, El año que viene, que fundió en su trama varias de sus obras de teatro y actuaciones magistrales de artistas ya desaparecidos o enfermos y que nunca se retransmitido.
Nada de esto fue visto por los más jóvenes y se ha olvidado por los más viejos; pero en su momento marcaron pautas con estilos propios que tendrían como valor agregado para que los nuevos directores conocieran y estudiaran sus precedentes. La vía más efectiva para salvar la erosión de algunos valores sociales e individuales y nuestra identidad es la cultura en su expresión más amplia.
Vivimos tiempos cuando muchos adultos han perdido la fantasía y la costumbre de leer cuentos a sus hijos; cuando muchos niños, adolescentes, jóvenes y adultos de todas las edades ―tengan o no acceso a las nuevas tecnologías― se apartan de la lectura, del teatro, de las salas de concierto, de la música más elaborada pese a la vasta oferta de nuestro entorno; cuando ―queramos o no― abunda lo soez, lo vulgar y la indisciplina en nuestras calles y comunidades en lugar de la urbanidad, la cortesía y la educación formal.
Tenemos que unirnos para retomar todo aquello que revierta aceleradamente esta situación.
Los medios de comunicación tienen una gran responsabilidad en expandir propuestas portadoras de valores que enaltezcan al ser humano, aporten otras miradas y fortalezcan nuestra identidad.
Ya logramos llevar a los cubanos lo mejor de la lírica y la cancionista mundial; ahora y en todos los géneros, con relación a lo nacional, debíamos recordar el lema de Lo mío primero.

Actriz, fundadora del Instituto Cubano de Radio y Televisión. Distinguida con la condición de Artista de Mérito por su trayectoria de más cuatro décadas en la pantalla y la radio, donde condujo el espacio *Nosotras* por más de 17 años. Protagonizó la aclamada serie de televisión *Para empezar a vivir*, en la que interpretó los personajes Lidia y Raquel, emblemas de la participación de la mujer cubana en los Órganos de la Seguridad del Estado del Ministerio del Interior. En 1981 recibió el Premio Internacional de Actuación otorgado en el Noveno Festival de Plovdiv de Bulgaria, con la obra teatral “Dos Padres”, escrita y dirigida por Silvano Suárez. Su personaje de La Gaviota en la obra homónima de Antón Chéjov, coprotagonizada con Frank González, le valió el premio de Actuación Femenina otorgado por la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (Uneac). Asimismo ha recibido 17 galardones por su trabajo como actriz, entre ellos, el primer Premio de Actuación Caricatos de 1997 y el Premio ACTUAR 2016 por la obra de la vida.
Actor, artista de Merito de la TV y fundador del ICRT, comenzó haciendo teatro, su primera actuación significó la realización de todos sus sueños. Consiguió el cariño y el respeto del pueblo gracias a su talento, dedicación y energía en la escena artística. Es ejemplo de humildad, honestidad y autenticidad. Su participación en entregas como *El hombre de Maisinicú*, *El brigadista*, *En silencio ha tenido que ser*, *Para empezar a vivi*r, que alcanzaron un alto impacto social, lo identifican con las vivencias del pueblo cubano en los acontecimientos que han estremecido a Cuba en estos años. Con más de 44 aventuras, en las que han primado la consagración y la solidaridad, como la reciente *LCB, Lucha contra bandidos*, le hicieron merecedor del Premio ACTUAR 2010 por la obra de la vida, otorgado por la Agencia Artística de Artes Escénicas.
Actor, artista de Mérito de la TV y fundador del Icrt, conocido como el hombre de las mil voces por su participación en diversas producciones de animación realizadas por el Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográficos y en el Instituto Cubano de Radio y Televisión. Se inició como aficionado en grupos de teatro y musicales hasta que en 1967 comenzó a trabajar en el Icrt como diseñador de vestuario y decorador. Paralelamente cursó estudios de actuación con excelentes profesionales del radio y la televisión. Entre los reconocimientos recibidos por su labor se encuentran la Distinción por la Cultura Nacional, cuatro primeros premios de actuación en los Concursos Uneac de radio, así como el Primer premio en el Primer y Tercer Concurso Nacional de Doblaje; Premio de Narración y Actuación en Festivales de la Radio; Primer Premio de Actuación en Televisión en el Concurso Caricato 1999; Premio ACTUAR por la obra de la vida en 2016 y el reconocimiento de varias generaciones de cubanos por su desempeño como Elpidio Valdés.
Poseedor de una obra con más de cinco décadas de prolífica existencia, que comenzó como aficionado en el teatro a finales del 60, en la primera Brigada de Teatro Obrero-Campesino. Formó parte también del Grupo de Teatro Ocuje y trabajó en obras como “María Antonia”. Luego estudió dramaturgia en la entonces República Democrática Alemana. Como director del Teatro Bertolt Brecht se consolida y dirige más de una decena de obras como “Andoba” y ha sido el autor de 13 piezas. Su trayectoria en la pequeña pantalla le ha legado al público que lo sigue inolvidables caracterizaciones en series como *Aventuras de Juan Quin Quín*, *En silencio ha tenido que ser*, *Un bolero para Eduard*o, y en telenovelas como *Si me pudieras querer* y *Añorado encuentro*. Entre los múltiples galardones de los que ha sido acreedor por su fecunda carrera se encuentran la Distinción por la Cultura Nacional, las órdenes Juan Marinello y Alejo Carpentier, otorgadas por el Consejo de Estado de la República de Cuba, la Máscara de Oro del Teatro Nacional alemán, el Premio Nacional de Teatro cubano en el año 2006 y numerosos lauros por mejor actuación masculina, mejor puesta en escena y mejor autor dramático, conferidos en disímiles concursos nacionales e internacionales.
Inició su carrera en el medio televisivo en su provincia natal, Santiago de Cuba en los años 60. Al mismo tiempo comenzó a escribir para la radio y la televisión y otros espectáculos artísticos. Posteriormente es seleccionado para dirigir la Escuela de Formación de Actores de la antigua provincia de Oriente. Integró a la Asociación de Jóvenes Rebeldes (AJR) donde fue nombrado responsable regional de cultura en la organización, que más tarde se convertiría en la Unión de Jóvenes Comunistas. En la década del 70 se une al trabajo de aficionados del Ministerio del Interior (Minint). En 1976 parte en misión cultural para la República Popular de Angola. A su regreso a Cuba es nombrado en Santiago de Cuba responsable de cultura del Instituto Cubano de Amistad con los Pueblos y vicepresidente de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (Uneac). En el cine participó en las películas “La primera carga al machete”, “En el aire”, “Cuba en la garra del Águila”, “Habana Blues”, “Entre ciclones” y “El Benny”. Ha sido profesor de varias generaciones de actores en las especialidades de locución, narración y actuación radial. De sus actuaciones más memorables se destaca su intervención como actor y asistente de dirección en seriales como *En silencio ha tenido que ser* y *Julito el pescador*, gracias a las cuales se vincula al trabajo de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR) en la serie *La Botija* y en el Minint en sus estudios fílmicos en espacios como *Día y Noche*, *Patrulla 444* y *Tras la Huella*. Entre sus reconocimientos y distinciones se cuentan: Artista de Mérito del Icrt; Placa y Reconocimiento del Ministerio del Interior por su destacada labor artística; Reconocimiento como director de la Cruzada artística en homenaje al centenario de la muerte de José Martí; Medalla por el aniversario 40 de las FAR; Medalla Raúl Gómez García; Medalla José María Heredia; Sello Laureado por la Cultura Nacional; Distinción Gitana Tropical; Distinción Giraldilla de La Habana; Réplica del machete de Máximo Gómez y diversos Premios Caracol por sus brillantes actuaciones en varias telenovelas, seriales y festivales de la televisión y la radio cubanas.



