La escena final de Rastros de mentiras, la telenovela brasileña que concluyó en Cubavisión, quizás bastara para reconciliar a buena parte de los que criticaron un producto pletórico de incoherencias.
Pero esa imagen del villano devenido héroe, Félix, y su apaleado padre, César, reconciliándose frente al mar (en una clara evocación de la célebre escena final de Muerte en Venecia, de Visconti), es un cierre de buen gusto y mucha sensibilidad.
Muy bien actuado, muy bien fotografiado, muy bien iluminado, muy bien musicalizado (el Adagietto de la Quinta Sinfonía de Mahler venía muy bien, aunque sea ya casi un lugar común).
La edición internacional mutiló inmisericordemente los últimos capítulos de la telenovela, hasta el punto de que el público cubano no pudo ver resueltos los conflictos de muchos personajes.
Muchos años más tarde y por el resto de nuestras vidas, él recordaría entre carcajadas cómo aquella flacucha y tímida estudiante de Periodismo le había despalillado su información sobre la producción de pasta de tomate en la fábrica de conservas. Otro en su lugar se habría molestado. Por entonces yo cursaba el cuarto año de la carrera y me habían ubicado en la televisión para hacer las prácticas. La primera impresión resultó fatal: él me pareció hablantín, extrovertido de más, alardoso, medio desfachatado.
Aquí estoy yo



