EL DISEÑADOR ESCÉNICO.

El diseño escénico interviene en toda puesta en escena desde su misma ideación, cuando aun está en la fase más inicial del proyecto, al ser esbozado mentalmente por el equipo de creación, más específicamente por el director general y sobre todo por el director de arte.

Una vez establecidas las posibles líneas directrices, este último, en consulta con el equipo de especialistas de las diferentes manifestaciones según los requerimientos que ya se advierten, podrá ir avanzando en la construcción del diseño todavía bajo la condición de un bosquejo, porque pueden irse analizando esa y otras posibilidades prácticas de llevarlo a cabo, y de ser necesario ir haciendo algunos ajustes para facilitar el logro exitoso de los siguientes pasos, buscando posibles soluciones antes de que se avance mucho más por caminos que tal vez no sean factibles de alcanzar.

Ese sentido realista de lo posible, en modo alguno es un freno para la imaginación y la creatividad aun por desplegar, todo lo contrario, es desde esas realidades de donde es preferible proceder y reorientar los pasos. De nada vale construir todo un acabado diseño en la mesa de análisis, si luego puede ser muy tortuoso enfrentar realidades adversas, previsibles de antemano, si se hubiesen dado pasos previos en dirección de conocer cuánto de esos presupuestos se podrían materializar, y cuántos resultarían inaccesibles, por costosos o por exigir largos y complicados procesos de adquisición.

Saber hacer, comienza para el diseñador en el mismo momento en que se le encarga el trabajo de preparación de la puesta, pues es una labor que se consolida ante todo desde la fase de ideación conceptual. Es en ella donde comienza a levantarse toda la estructura imaginaria a ser llevada a la realidad. Es necesario partir de desentrañar con suma claridad los cauces del texto dramático -del libreto o de la obra original de que se partirá-, y muy especialmente de los derroteros a donde el equipo de dirección en su conjunto pretende encausarla, pues es un trabajo interdisciplinario de cuya sinergia como equipo y de las habilidades profesionales de sus integrantes, especialmente del diseñador principal -que se resume en la figura del director de arte-, dependen los resultados cohesivos de los componentes expresivos y estilísticos a utilizar.

El tema y la idea de la puesta deben ser perfilados con cuidado, precisando el objeto de atención hacia el cual se encamina la acción comunicativa sobre el público. Si se pierde la precisión en el punto de mira, los resultados serán visibles en toda la organización del diseño, pues el objetivo general de este no es la deconstruir el espacio donde se efectuarán las acciones dramáticas, es mucho más, es intentar transmitir esa fuerza comunicativa en informaciones codificadas a través de la percepción visual con vistas a incidir en el plano emocional y racional de los espectadores, que de algún modo deberán ser activados y aun mejor arrastrados e involucrados a impactar a su vez cada uno por sí mismos en la diana. ¿De qué vale una puesta si pasa inadvertido ese cauce comunicativo que de por sí propone, aun desde el conocer que solo será un primer impulso cognoscitivo y emocional en el cual la actitud, el estado de ánimo, las astucias y el diverso horizonte cultural de sus observadores,interpretarán y hasta reformularán las intenciones y el esfuerzo del equipo de creación?

La complejidad conceptual de una puesta y de su diseño escénico no responde a lo enrevesado de los elementos puestos en juego, a la aparatosidad y calidad de los materiales y recursos empleados, pues eso es solo apariencia, lo importante es cuánto se logre en la claridad conceptual y en la adecuación de los recursos expresivos a ese concepto como idea rectora, sin que medie la necesidad de un alto costo ni de espectaculares procedimientos. La idea a comunicar puede requerir de una simplicidad y por tanto de accesibilidad a esos recursos materiales y tecnológicos, pero han de buscar una limpieza y claridad estructural tal en la expresión de esa idea conceptual, que deseche todo lo innecesario, porque los modos pudieran ser diversos y no obstante ser efectivos, pues el diseño escénico es toda una estructura puesta en función comunicativa. Si logra impactar no importa que se instituya sobre una concepción minimalista o grandilocuente, esas serían dos visiones posibles.

El diseñador escénico aun cuando se pondrá en función de expresar el tema y la idea central de la obra no lo hará desde la subordinación, sino desde el equilibrio en la responsabilidad por alcanzar un producto coherente, bien fundamentado y de excelencia artística, en el cual su huella creadora será decisiva, aun cuando el director esboce sus deseos de realización en determinada dirección. Eso exige del diseñador una amplia preparación anterior y una osadía, que le permita abrirse a ese nuevo proyecto con toda la fuerza de la pasión y de la movilización de sus conocimientos sedimentados con anterioridad, pero solo como punto de partida preparatorio para lanzarse al estudio a fondo de los nuevos saberes y de la activación de los propios, que la envergadura de esa tarea demanda. Su responsabilidad es muy grande, debe lograr la atmósfera del clima espiritual, y por consiguiente también emocional, que la obra escénica deberá promover en sus espectadores, aun con toda la amplia gama posible que con ulterioridad se dará en los modos de apreciación y alcance en la recepción por los espectadores.

El empleo de un lenguaje plástico acorde será una tarea del diseñador, quien desde su disciplina debe contribuir de manera muy decisiva al alcance de ese impacto que se espera con la obra, pues la visualidad es de su competencia y para la cual se le demanda como profesional. La estructuración del sistema de signos visuales con todas las sutilezas de codificaciones implícitas, deberá desplegarla ante los ojos del equipo de dirección y luego ante los espectadores, quienes finalmente juzgarán sus aportes, y enjuiciarán con severidad su manera de concebir la puesta y de plasmarla.

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