Análisis sobre la necesidad de modernización del discurso estético de nuestra televisión

 La creación artística se sustenta en aptitudes y sensibilidades singulares, pues como   producción simbólica integra la ideología, la filosofía, la cultura y los íconos o símbolos que identifican a  variados formatos, géneros, ámbitos, productos o naciones.

Las musas,a quienes las leyendas atribuyen las mejores ideas, imágenes o fórmulas creativas, precisan del oficio adquirido en el entrenamiento sucesivo, de los saberes  legados por el quehacer humano, de las tendencias de su tiempo, de una severa disciplina tecnológica y de un laboreo perpetuo. Solo así, una obra alcanza valor cultural, aceptación o éxito. 

La cultura mediática –que desde hace décadas el francés Edgard Moran identificó como la más novedosa expresión de la cultura popular masiva– es sumamente compleja, dinámica e impone una reformulación continua en función de múltiples variables, pues surge en un asombroso proceso de integración colectiva donde la notoriedad artística no recae en el individuo, sino en que al conjugarse los mas disimiles talentos, se logre un  resultado final óptimo.

En los años 90, la cacareada Postmodernidad instauró un ideario foráneo que enunciaba “el fin de la historia”, la simultaneidad de textos, la fusión de géneros o la fragmentación y superposición de los relatos que revolucionaron las convenciones establecidas en los lenguajes y prácticas mediáticas.

Mientras esto sucedía, la crisis económica de nuestro Período Especial devastaba sólidas líneas productivas televisivas y las restantes eran impactadas por este ideario global y, por el momento, financiero-mercantil más oscuro.

Nuestra respuesta creativa a tal coyuntura económica fue un aluvión de programas en función informativa, mientras se relegaron los lúdicos o de esparcimiento. Dicha tendencia informativa jerarquizó las entrevistas, los noticiarios y las revistas –con fichas técnicas moldeables o inexistentes que absorbían variados contenidos, expresiones o códigos comunicativos- pero deprimió los géneros periodísticos en offy la mayoría de los programas de análisis, crítica o debate.

De una u otra forma nuestros intentos de renovar o modernizar fortalecieron también la “cabeza parlante” que acercó peligrosamente el audiovisual a la radiofonía y lo anecdótico.

Pese al deterioro económico-tecnológico de nuestra producción, artistas y especialistas generaron proyectos loables. No obstante, es innegable que la depresión enmascaró en algunos la ausencia de creatividad y propició propuestas carentes de calidad u   originalidad que auparon al facilismo y al populismo.

Las producciones mediáticas estructuran sus hábitos de consumo alrededor de las promesas realizadas a sus públicos: quien compra una revista o periódico impreso elige

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