No creo que en 1997 Orlando Cruzata pensó que dieciocho años después, aquel programa  que daba a la luz, seguiría siendo polémico, irreverente, cuestionado y aclamado por cultores de la música y el audiovisual, especialmente el videoclip.

 Cruzata me contó que cuando el espacio nació  en una programación de verano, con Tony Arroyo como conductor, le pidieron que siguieran en la programación  “Entonces comenzamos a darle forma de manera conceptual a toda aquella locura. A partir de la creación del concepto Lucas, dijimos: vamos ahora a visualizar este concepto, y empezamos a vestirnos de negro. Yo había visto un programa en España en el que todos los hombres estaban vestidos de negro, y quise traer eso a Cuba, por ser tan atípico, ¡con el calor que hace!”.

 

 Y durante 18 años con diferentes conductores siempre el negro ha estado presente, es una de las cosas que lo distingue como cierto matiz humorístico en la presentación. Con mayor o menos eficacia presenta algún que otro comentario, aunque nunca como cuando Rufo Caballero lo hacía a lo Lucas.

Cada concurso despierta comentarios: que si son los mismos jurados, o si los premios fueron entregados a piezas que no tienen pegada en el público, o incluso algún creador cuestiona en público, en la propia premiación, si su clip mereció o no el Lucas.

A la vuelta de 18 años la cantidad de anécdotas que acumula Cruzata y las personas que lo han acompañado en diversos momentos, es como para escribir un libro. Lucas ha sido muy bien visto o una suerte de demonio. Ha tenido hijos (muy pocos pródigos) en los diversos canales y también en telecentros.

Pero lo que nadie le puede quitar a Lucas que fue un programa innovador y gracias a él, a lo que generó por el certamen o los debates teóricos, el videoclip cubano escaló un sitial singular en la propuesta del audiovisual en Cuba. No por gusto desde hace años realizadores de clip han hecho carrera en diversas latitudes y actualmente simultanean sus trabajos en otros países y en el nuestro.

Lucas tiene buena responsabilidad en ese despegue porque como vientre amoroso nutrió y dio vida a un género que tiene la marca del aroma de la mayor de Las Antillas.

 

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