A soltar amarras convocan. Y esta es la quincuagésima revelación de un rollo de negativo que alardea, con contradictoria razón semántica, de positivo. Llegan con el desenfado de un estilo que defiende su concepto de navegación a toda costa. Pero no es un desparpajo ingenuo. Lleva contenidos muy de jóvenes, de más está cualquier otro calificativo. Y pronostica, por eso, un viaje indetenible y auténtico.

Saben que, como tantos otros, el barco del cine joven debe surcar las aguas. Y hacia esa travesía se han lanzado hace varias lunas. Por el camino se irá creando el clima ideal (o no), pero lo importante es levar las anclas. Y en ese empeño andan más que bien.

Abanderados de un peculiar modo de pensar, sentir y, sobre todo, hacer, van los noveles realizadores audiovisuales, que por estos días tienen su Muestra Joven. Se precian —y pueden hacerlo— de parir un arte irreverente.

No solo participan, que ya es un buen modo de querer. También se burlan, con sentido y dolor, de lo estático, lo manido, lo burdo, lo absurdo, lo que ata. Traen su aire, su poder, su esencia. Porque no hay mejor forma de innovar que mostrar el modo en que puede hacerse mejor. Viéndolos, una sabe que se puede forjar mucho y que hay quienes ya están dando estruendosos pasos en ese nuevo rumbo que les toca a los cineastas de este tiempo y a todo joven que quiera emprender su propia travesía hacia un horizonte nuestro y de hoy.

Dice uno de los protagonistas, aunque todos lo son a su modo, que la Muestra es como si el cine joven saliera de esa habitación surrealista en la que pareció estar durante algún tiempo. Y andando cerca del espíritu que se adueña por estos días de la zona de 23 y 12, en el capitalino Vedado, se siente que las propuestas atrevidas del adolescente cuestionador toman cuerpo y se abren paso en forma de proyectos de jóvenes que, más que mirar, traen para mostrar.

La ruralidad, la migración, los sentimientos más universales, los dolores más desgarradores, conflictos de ayer y de hoy, y el sello del presente más inmediato con sus desvelos sociales, ideológicos, físicos y artísticos. Todo eso y más marca el sino de la Muestra que, más que los cortos, documentales, animados y ficción de estreno, viene acompañada de debates tan auténticos como el sello estilístico de un Nobel de Literatura.

 

Los ojos se agitan en busca de captarlo todo. Los oídos se aguzan con tal de llevarse cada enseñanza de los especialistas que tienen a bien compartir sus secretos sobre guiones, planos, silencios y gritos. No solo hay wifi en las sedes de la Muestra; también tienen esa señal digital los intelectos que se sacuden las brumas simplemente creando.

Más allá de lo que esta vorágine bendiga al cine en nuestra premiada Isla de talentos y corazones rendidos al arte, desorbita el júbilo y la esperanza, el hecho de que jóvenes, desde diversas procedencias, estilos y sueños, hayan juntado sus destinos con tal de ir más y mejor. Juntarse es la palabra del mundo. Juntarse es la palabra de Cuba. Juntarse es la palabra de la juventud. De eso no hay duda.

Si no, pregúntenles, por ejemplo, a los muchachos del recién presentado y aún en ciernes proyecto Encuadre. Es una idea de casi estudiantes acabados de salir de sus universidades. Un poco más de la mitad de los materiales seleccionados para participar fueron hechos completamente por vías alternativas. Y esa realidad respalda la intención de Encuadre: aglutinar talentos que poco o menos pueden hacer de ir dispersos por el mundo. Muy distinta es la magia cuando se construye rodeado de amistades.

Pero el espíritu libre y fresco no se inventa del aire. Llega de una tradición de locos que desafió la historia en cada toma. Uno de ellos regaló su más reciente película para la apertura fílmica de la Muestra. No estaba en Cuba, porque a las buenas almas se les procura desde cualquier geografía. Por eso envió desde Suiza, donde estará hasta junio, un mensaje tan de él, que hasta mandó a apagar los celulares en la Sala Chaplin. También se despidió a su modo. Y los jóvenes captaron ese susurro del Fernando Pérez de Clandestinos y Chupa pirulí: «Y suelten amarras, no olviden eso».

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