Como el escudo invulnerable de nuestra historia, definió el prestigioso intelectual Cintio Vitier a José Martí, caído en combate el 19 de mayo de 1895

Difícil, pero muy difícil, sería encontrar a algún cubano que no se haya estremecido con el verso sincero o la prosa electrizante de José Martí, quien se sembró por convicción en Dos Ríos, allá en el año 1895.
El comunicador excepcional, que dominaba como nadie la palabra oral y escrita, optó por morir en combate en la guerra que había organizado, pese a los tantos obstáculos interpuestos en el camino.            
Sin embargo, fueron muchos los que entregaron voluntariamente fondos para preparar la contienda con la cual se pretendía concluir la obra emancipadora, iniciada el 10 de octubre de 1868 en el oriente cubano.      
El Apóstol de la independencia transitó durante su vida por el sendero más angosto. Su caída, lamentada por tantos, es recordada cada año por los cubanos que de alguna manera se sienten en deuda con su ejemplo.  

 Pensar era el oficio de Martí. Pensaba en la novia Cuba, en la madre América, en la familia Humanidad. Alto y claro meditaba Martí.         
A su entender, la política era una resolución de ecuaciones que podía fallar si la ecuación estaba mal propuesta. Esta idea la dejó explícita en el semanario que soñó en 1889 y convirtió en acto desde el 14 de marzo de 1892. Patria fue su nombre.          
Ese periódico expuso tesis cardinales en sus artículos. Previo al 10 de abril de 1892, el día de la proclamación del Partido Revolucionario Cubano, se leía: “La política es el deber de hijo que el hombre cumple con el seno de la madre; la política es el arte de hacer felices a los hombres”. (Obras Completas, tomo I, página 335). 
A propósito del segundo aniversario de su muerte, Patria recordó: “Martí quería que todos los cubanos dieran algo a Cuba. Y para ejemplo, él lo dio todo. Pero, por su parte, recibía para la Patria lo que cada cual daba, lo poco y lo mucho. Y esperaba que los que nada daban entonces, dieran más tarde”.   
En Nueva York siguió imprimiéndose aquella publicación, que el 19 de mayo de 1897 calificó a Martí como el espíritu que iluminaba la Revolución y la “voluntad clarividente que la dirigía”.           
“Él no podía cambiar el medio en que se movía; pero vio el problema cubano en toda su magnitud, y procuró que todos sus compatriotas lo abarcaran como él lo abarcaba. Quiso que cada cual, en su esfera, hiciera según sus fuerzas, lo que él hacía; que era poner la idea de la patria por delante, y desposeerse, en cuento fuera posible de sí mismo”, evocó el editorial titulado “¡Dos Ríos!”    
“Martí era el genio creador, el apóstol incorruptible de nuestra santa idea. La práctica de su predicación saludable y fecunda, irritaba a los pobres de virtud”, comentó el decenario La Doctrina de Martí, dirigido por Rafael Serra, quien fuera uno de los colaboradores de Patria.    
“Sin presunciones ridículas, sin la fama otorgada por la pasión irreflexiva de allegados parciales, sin títulos nominales ni ambiciones egoístas, probó Martí por la inmensa soberanía de su talento, por el quilate de su corazón y por el brío de su acontecimiento, ser el más grande de los grandes cubanos.                  

“Yo, decía Martí, cuando cumpla mi deber de ayudar a los libertadores de mi patria, iré a que me sorprenda la muerte ejerciendo el deber de educar a los indios que son buenos y que no habrían de sufrir la anomalía de suponer que yo ambicionara ser cacique”.          
Esa, enfatizó La Doctrina…, era la misión ruda y maravillosa que prometía cumplir el Maestro, tan pronto como Cuba fuese, de hecho y de derecho, patria de los cubanos.           
Cuando se le pedía parecer respecto a alguien que no fuese en todo bueno, le hacía justicia si tenía alguna virtud; si no, decía: “cuando no se pueda hablar bien de un hombre, no se debe mencionar”.            
La evocación de Serra demuestra que para Martí la ética era sagrada, como puede apreciarse a simple vista en sus cartas, discursos, artículos y apuntes.   
El destacado intelectual cubano Cintio Vitier, fallecido en 2009, a los 88 años, hizo varias recomendaciones para sembrar la semilla martiana entre los cubanos. En su ensayo “Martí en la hora actual de Cuba”, publicado originalmente el 18 de octubre de 1994 en el entonces semanario Juventud Rebelde, sugirió:         

“Acerquemos sencillamente al niño, con la menor intervención nuestra, al hechizo del hombre de La Edad de Oro, despertemos la fantasía maravillada del adolescente con la eticidad y encendimiento de su verbo; propongamos al adulto el sentido de la vida que se desprende de toda su obra; y dejemos que en cada edad, en cada individuo, esa semilla obre”.

 

* Máster en Ciencias de la Comunicación, reconocido estudioso de la obra periodística de José Martí.

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