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De un año a otro Sonando en Cuba dio el salto que se esperaba en un programa de participación que se propone defender los géneros de la música popular cubana.

Esta vez la música ganó y la televisión también. De un año a otro Sonando en Cuba dio el salto que se esperaba en un programa de participación que se propone defender los géneros de la música popular cubana, promover sus valores entre los jóvenes, y, al mismo tiempo, replantear desde una perspectiva propia un tipo de espectáculo que venía ha­ciendo falta en el diseño de las transmisiones televisuales del fin de se­mana.

 

Habrá quien a esta hora esté de acuerdo o no con el resultado del certamen. Particularmente no le tengo mucha confianza a los concursos, pues el arte no es asunto de tiempos ni marcas. Otra cosa bien distinta son las necesarias jerarquías, a partir de conceptos y calidades.

En tal sentido las finalistas y la ma­yoría de sus compañeros asumieron repertorios y modos de hacer profundamente comprometidos con la tradición y sus actuales desarrollos. De la trova a la canción contemporánea y del son a la timba, sin olvidar cantos rituales cubanos de origen africano, en una equilibrada combinación de respeto al legado insular y de proyección personal, lo que se escuchó en la jornada final fue consecuencia de una siembra cultivada a lo largo de una temporada mucho mejor pensada que la de la entrega anterior.

Detrás de ello estuvo la inteligencia colectiva en la preparación del evento: la ductilidad de los concursantes al asimilar un entrenamiento acelerado (aunque, obviamente, in­suficiente), la responsabilidad de los mentores (Mayito Rivera, Haila y Pau­lo FG, creador del proyecto), la solvencia de la orquesta acompañante, y el aporte de diversos especialistas en el asesoramiento e instrucción de los prospectos.

Estoy seguro de que los 24 jóvenes concursantes —unos más que otros, desde luego— registraron un proceso de cambios y crecimiento espiritual. En su mayoría no partían de cero; las tres finalistas, por ejemplo, ya se habían probado. Pero nunca habían encarado un desafío de tamaña envergadura.

No hay que hacer demasiado caso a uno de los reclamos publicitarios del espacio que aludía a la búsqueda de «la nueva voz» o «la voz de oro» de la canción cubana, porque, a fin de cuentas, comenzaron a esbozarse en el horizonte nuevas voces —sí, en plural— que se transformarán en realidades solo en la medida que el estudio, la constancia y las convicciones artísticas maduren.

Por cierto, ese fue un mensaje en el que insistió la maestra Argelia Fra­goso, que compartió labores en el ju­rado con Adalberto Álvarez, Diana Fuentes y el puertorriqueño Víctor Manuelle. Ojalá todos le hagan caso.

La interpretación de la música po­pular en nuestro contexto se halla ur­gida de mayor rigor profesional y eso pasa desde la recuperación del papel del repertorista hasta el desarrollo de un pensamiento artístico, pa­sando, claro está, por el dominio de elementales recursos técnicos y expresivos. Abundan los que gritan y no cantan, los que imitan y no crean, los que confunden un minuto de fama con el triunfo del talento y a revertir estas nefastas tendencias puede contribuir Sonando en Cuba, siempre que cada meta sea un punto de partida.

Podrá revisarse, de cara a una tercera temporada, el método de selección y evaluación de los aspirantes y la pertinencia o no de mantener los agrupamientos regionales, pero no se puede negar la importancia del alcance nacional del concurso y la implicación de los públicos de cada territorio con la idea de poner por delante a la música cubana.

En otro orden, Sonando en Cuba dejó en términos televisuales un sal­do decoroso. La puesta en pantalla de Manuel Ortega consiguió una bastante balanceada visualidad y un ajustado ritmo. Atrás quedaron las cenizas del deplorable reality show —prefiero hablar, para bien o mal, de telerrealidad— prevaleciente en la ver­sión anterior, para dar paso a una aceptable conjunción de presentaciones musicales y exposición de contextos. RTV Comercial, con la ayuda de mu­chos, se empleó a fondo para sacar a flote el proyecto y atemperar el programa al pulso de nuestra realidad, como cuando se sumó al rechazo unánime al bloqueo o compartió solidaridad con los damnificados del huracán.

Con todo en algunas ocasiones la trama se dejó ganar por la manipulación sentimentalista y ciertas concesiones al populismo y el mal gusto.

Jorge Martínez en la conducción se afincó en su versatilidad y en cada emisión se fue superando a sí mis­mo, hecho más evidente aún en su compañera Yasbel Rodríguez, quien desterró en lo posible los desaguisados ostensibles en sus incursiones iniciales.

Al cuidar los detalles se fue corrigiendo el tiro. Un ejemplo: del detestable empleo del vocablo coach al mucho más nuestro mentor; de la manía a quedarnos sin palabras a las palabras dichas en su justa me­dida.

Dos conflictos tendrá que resolver Sonando en Cuba en lo inmediato. Si bien la articulación entre los procesos de formación y búsqueda de talentos vocales y el acceso al mercado artístico y laboral requiere de mecanismos más flexibles y desprejuiciados a es­tudiar y adoptar por parte de los organismos e instituciones competentes, un programa de televisión no debe ni puede ser la solución, y menos presentarse como la única alternativa. El tono airado y desafiante de uno de los mentores al pronunciarse sobre el tema nunca debió admitirse.

También los responsables del programa, si pretende cimentarse como proyecto cultural, se verán abocados a definir cómo encajará su anunciado redimensionamiento internacional con las premisas conceptuales que lo animan.

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