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La pasada semana semana Cubavisión Internacional me sorprendió gratamente con el documental “Wemilere” del ya fallecido realizador José Estrada. Es una de esas obras con las que conviví en los años 90 del pasado siglo. Recuerdo a Estrada y su pasión a la hora de grabar, la emoción que el documentalista sentía en cada encuadre. Proveniente de los Estudios Cinematográficos de las FAR, acompañó a Mundo Latino durante varios años hasta su lamentable muerte.

“Wemilere” (1995) es un acercamiento mediante la danza al Panteón de las deidades yorubas. Colorido, con un movimiento continuo que nos impacta y nos ilumina sobre esa parte tan importante para la formación de nuestra nacionalidad. El documental se recrea en la belleza de los cuerpos, de sus trajes y las alegorías a una geografía cercana a la africana, pero que sin dudas son nuestros ríos y árboles.

En medio de las carencias propias de los años duros del Período Especial muchos realizadores cubanos no cejaron en el empeño de buscar apoyo para poder producir sus documentales. Fueron varias las instituciones que les ayudaron, de una forma o de otra, pero con el claro objetivo de no permitir que un género tan desarrollado a partir de 1959 cayera en el olvido.

De esa época recuerdo a tres de ellos. Los conocí y compartí más cerca o más lejos, pero siempre aprendiendo de la maestría en el oficio de uno y de otro. Su interés común era contar historias sobre el componente africano de nuestra nacionalidad, algo que es recurrente en la filmografía cubana, pero que no se agota por la riqueza de las fuentes.

Ya mencioné a Estrada y “Wemilere”. Antes había conocido a Tato Quiñones. Investigador de los cultos afrocubanos, escribió y dirigió lo que considero uno de los acercamientos audiovisuales más profundos sobre ese tema. La serie “Lucumí” de cinco capítulos de media hora cada uno, se ha convertido en material de referencia no solo en Cuba, sino en universidades de varios países. Forma parte de sus archivos y es fuente para varias tesis de estudiantes.

La producción de “Lucumí” fue un esfuerzo gigantesco para aquel 1994 tan duro. El poder de convencimiento de Tato fue un elemento decisivo en la feliz culminación de una obra que ha pasado a ser un clásico de la documentalística cubana. No envejece, porque ese viaje a las raíces de lo NUESTRO, es un eterno recordatorio de que no podemos olvidar la historia. Mis gracias a Tato Quiñones, por todo lo que pude aprender de él, no solo en el arte del documental, sino en la esencia humana.

Y ya en 1996 me tocó compartir con una de las mujeres realizadoras cubanas que ha hecho su obra con una pasión y esfuerzos propios dignos de alabanza. Gloria Rolando luchó siempre por llevar sus ideas a la realidad. Sin apoyo a veces, salía a grabar y luego convencía a las instituciones para que le ayudaran a terminar lo que había comenzado. Su documental “Los Hijos de Baraguá”, que desde su título sorprende, nos cuenta esa parte, dolorosa por lo épica, de las migraciones provenientes de las islas del Caribe, y que se asentaron en la zona conocida como Baraguá, en la actual provincia de Ciego de Ávila.

Me pidieron que acompañara a Gloria a un evento en Jamaica, donde se haría la presentación de ese documental. Fui testigo del silencio profundo que embargó a la sala cuando comenzaron a emerger los rostros de los descendientes de aquellos, que desde diferentes islas, fueron llegando a nuestra Cuba en busca de trabajo y supervivencia. Una cultura que no se pierde, porque se recuerda y se vive. Al terminar la proyección, el aplauso fue atronador.

Y doy gracias a Gloria, porque, confieso hoy, esa ovación me demostró que el camino que había tomado personalmente no estaba equivocado. Todos necesitamos beber de nuestras fuentes y alimentarnos espiritualmente de nuestras raíces para nunca perder la fe en el futuro. Y cuando esas tres excelentes personas que he mencionado lo hacen además con apasionamiento, les aseguro que no hay mejor escuela.

Tomado de Cubadebate  

Comentarios   

#1 Andy Lay 14-03-2017 12:18
Magnifico reportaje, me encanta, la temática, soy cuadro de la UJC en Santa Clara y me gustaria tener en mi poder tener estos documentales para trabajar la identidad de nuestro pueblo cubano. Felicidades trabajos periodísticos como estos son lo que son necesarios para el logro de una conciencia de cubanos revolucionarios y comprometidos con su tiempo.
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PREMIO NACIONAL DE TELEVISIÓN 2018 A Clara Inocencia Castillo Alcántara

Con solo 9 años de edad, se inicia como locutora y actriz aficionada en un programa infantil en la emisora radial Radio Turquino, de Santiago de Cuba.

Con diversos premios y reconocimientos se graduó en la Escuela para Instructores de Arte en 1964. En 1968 comienza a trabajar en el Canal Tele Rebelde de Santiago de Cuba, como primera directora de programas de diferentes espacios Informativos, Infantiles, Juveniles,  Dramáticos, Musicales y Deportivos, así como de Eventos Especiales. En razón de ello ha obtenido un sinnúmero de premios y reconocimientos en Festivales Nacionales de Televisión y Caracol de la UNEAC.

Fue delegada al Festival del Nuevo Cine Latinoamericano en 1989 y jurado del festival Internacional de Documentales “Santiago Álvarez in memorian” en el 2002.

Fue Presidenta del Consejo Artístico de Tele Turquino y Presidenta de la Comisión de Evaluación de esta entidad.

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PREMIO NACIONAL DE TELEVISIÓN 2018 a Enrique Alberto Bonne Castillo.

Fundador en 1968 del Canal Tele Rebelde.

Dirigió la programación musical y luego Director de Programación de ese Canal. Así mismo, Dirigió la Coral Tele Rebelde durante 19 años. Músico popular cubano, creador de ritmos, autor de varios temas musicales interpretados por su grupo y por diferentes agrupaciones, con una vasta trayectoria musical, dentro y fuera del ámbito nacional.

Nació en San Luis, Santiago de Cuba, el 15 de junio de 1926. Inició su carrera públicamente como autor musical en 1950.  Se graduó de locutor trabajando luego en radio Turquino y en ocasiones en Cadena Oriental de Radio, cuando radicaba en Santiago de Cuba.

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