En el proceso de ampliación de prácticas y tecnologías audiovisuales lo esencial siempre será lograr la calidad y la eficacia comunicativa-cultural

Cuando la televisión emergió como medio de comunicación muchos pronosticaron la desaparición de la radio, el cine, la prensa escrita y hasta de la literatura. El tiempo demostró que todos estos soportes tecnológicos comunicativos y prácticas culturales podían coexistir armónicamente y hasta integrarse en la pantalla chica.

Durante muchas décadas el audiovisual se concentró en las producciones cinematográficas y televisivas cuyas pantallas -de diversas magnitudes que, por sus peculiaridades, se ubicaban en escenarios públicos o privados privilegiando una recepción predominantemente  colectiva.

Casi en las postrimerías del siglo XX, Internet permitió a los individuos ejecutar sorprendentes procesos interactivos en la gestión de información, mientras el escenario virtual incorporaba las prácticas y productos audiovisuales previos que, en corto tiempo, se ajustaron a sus códigos y lenguajes.

Aunque ya para entonces no faltó quien viera en la Web el último reducto audiovisual - con celeridad- las imágenes transitaron a una creciente familia de soportes físicos y finalmente a los artilugios móviles con capacidad operativa independiente para captarlas y procesarlas mediante aplicaciones diversas en insólitos ambientes, plataformas y escenarios -privados o públicos- de la actual Era de la infocomunicación. Este flujo de las  imágenes digitales constituye hoy una monumental y acelerada revolución tecnológica.  

¿Quién podía imaginar que las pantallas fijas tapizarían en proporciones abrumadoras los edificios de las urbes más populosas, esparciendo sobre los transeúntes un vasto espectro de mensajes comerciales, interpretaciones musicales o noticias televisivas  en tiempo real?    

¿Quién pudo concebir la actual democratización del acceso a la información en  hipertextos donde los simples mortales -más allá de su nivel de escolaridad o especialización laboral- pueden seleccionar, grabar, procesar y reproducir las imágenes por doquier?

¿Quién pudo soñar las infinitas aplicaciones ejecutadas hoy en  teléfonos y en todos los artilugios móviles afines a los ordenadores o al espacio virtual?

Lo asombroso en esta modernidad de proporciones siderales -plena de masividad, diversidad de escenarios, ambientes, soportes y prácticas marcadas por el paradigma tecnológico- es que las producciones audiovisuales y procesos comunicativos-culturales conservan esencias muy antiguas. Ejemplos:

  • Ningún contenido mediático o cultural es fortuito, ingenuo o baldío.
  • Desde la consolidación del sistema mediático electrónico en el siglo XX,   su  tipología de propuestas, sus contenidos y prácticas y recursos comunicativos, dramatúrgicos o expresivos, se han relacionado directamente con el modelo  de radiodifusión -mercantil o de servicio público-, el sistema económico, comunicativo y simbólico de cada contexto y su  función social.
  • La complejidad de los productos comunicativos-culturales radica en la mixtura de variados géneros narrativos o dialógicos; en la fusión de disímiles artes, técnicas, tecnologías y modos de abordar la creación artística, la subjetividad, la información y la comunicación y en su pluralidad de  funciones mediáticas.
  • Aunque un programa audiovisual puede simultanear varias funciones sociales -esencialmente las lúdicas, informativas,  educativas,  culturales, mercantiles, formativas o propagandísticas- los hábitos de recepción incorporados históricamente  permiten identificar de manera inequívoca el meollo esencial de  cada propuesta.1
  • Desde el siglo pasado, la Industria Cultural generada por la producción industrial masiva -primeros productos literarios, ediciones periódicas de la prensa escrita y sus primeros folletines, cine, radio y televisión- se nutrió de los géneros, formatos, fórmulas, prácticas y estereotipos probados en el flujo global de la ficción masiva que paulatinamente se expandió hacia diversos ámbitos.  

Por encima de las duras y perennes críticas existentes desde el siglo XX, este catálogo infinito de símbolos, íconos, cánones, recursos expresivos, dramatúrgicos, comunicativos, simbólicos y mercantiles se ha reciclado en este siglo digital.  En paralelo, la post-modernidad del siglo XXI ha generalizado entre otras tendencias creativas:

  • La fusión general de expresiones -propias y ajenas, viejas y nuevas- despoja a la mayoría de las representaciones mediáticas-culturales de su unicidad -a veces sin orden o concierto-.  Así las cosas, en un concierto instrumental o vocal cada vez más se insertan las danzas, la escenificación en vivo,  las obras  de artes plásticas e instalaciones y, casi invariablemente, una pantalla donde se proyectan efectos o imágenes audiovisuales. Tal sinergia la comparten el resto de las artes tradicionales.2
  • La noción de show y el espectáculo -privilegio milenario de los ámbitos artísticos-literarios, el circo y otras prácticas culturales- permea hoy la radiodifusión, Internet, la telefonía, la política y hasta la religión.

 

  • La prioridad por lo último, lo extremo, lo extraordinario, lo poco común y lo sensacional.3
  • La aplicación de la informática a disciplinas tradicionales de la cultura o los medios de comunicación ofrece hoy un espectro infinito de efectos especiales, escenografías, ambientaciones, luces y sonidos.

Toda propuesta contemporánea que se respete intentará replicar con bajos recursos replicar las prácticas globalizadas por las grandes transnacionales del entretenimiento, la información y la comunicación quienes imponen su propia visión al mercado audiovisual caracterizado por una feroz competitividad.

Los aportes de las nuevas prácticas y tecnologías audiovisuales son innegables. Pero no nos llamemos a engaño, las producciones mediáticas-culturales poseen un yin y un yan de relación indisoluble donde la forma, la estética, la visualidad es solo el continente que complementa y redimensiona el contenido expresado en el mensaje, la idea, el valor o la ideología.  Solo el equilibrio de ambas será sinónimo de calidad y de eficacia comunicativa-cultural.       

 

Notas:

[1] El anuncio comercial –distinguido por su síntesis y simbolismo- derrocha arte y  técnicas múltiples o los recursos expresivos generados por las Artes escénicas y la tecnología; sabemos que buscan estimular la motivación de compra de bienes de consumo o servicios en los ciudadanos devenidos consumidores mediante la identificación de nuestras  necesidades intangibles.

2 En los medios de comunicación hasta formatos de tanta rigidez tradicional como los telenoticiarios se  apropian de la dramaturgia, el show y los hipertextos; aunque estos últimos con sus cintillos inferiores y pantallas de fondo con perennes imágenes en movimiento,  desvíen la atención del receptor y creen evidentes ruidos de comunicación.

 

3 Esta superación vertiginosa de sus precedencias, estructura gradualmente una percepción homogénea y  unilateral que como tendencia, anula muchas de las tradiciones del patrimonio histórico-cultural de nuestras culturas.  

 

 

 

 

 

 

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