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Más de una vez señalamos las incoherencias de Rastros de mentiras, pero el capítulo final fue una creación de buen gusto y sensibilidad…

La escena final de Rastros de mentiras, la telenovela brasileña que concluyó en Cubavisión, quizás bastara para reconciliar a buena parte de los que criticaron un producto pletórico de incoherencias.

Pero esa imagen del villano devenido héroe, Félix, y su apaleado padre, César, reconciliándose frente al mar (en una clara evocación de la célebre escena final de Muerte en Venecia, de Visconti), es un cierre de buen gusto y mucha sensibilidad.

Muy bien actuado, muy bien fotografiado, muy bien iluminado, muy bien musicalizado (el Adagietto de la Quinta Sinfonía de Mahler venía muy bien, aunque sea ya casi un lugar común).

La edición internacional mutiló inmisericordemente los últimos capítulos de la telenovela, hasta el punto de que el público cubano no pudo ver resueltos los conflictos de muchos personajes.

Y algunas de las escenas parecieron apresuradas e incompletas.

Pero pudimos ver otras de gran vuelo, como la de ese beso entre la autista Linda y el abogado Rafael: los dos rodeados de pinturas que se animaron hasta recrear un ambiente onírico, el ambiente de ella.

Pocas veces los realizadores de una telenovela se toman el trabajo de «alumbrar» tanta belleza.

Hitos, al menos para el público cubano, hubo otros. El más significativo: el beso de amor entre Félix y Niko, el primero entre dos hombres en una telenovela transmitida en Cuba.

Hubo temor de que la Televisión Cubana decidiera suprimirlo (teniendo en cuenta la larga historia de supresiones de escenas «conflictivas» en teleseries extranjeras); pero los tiempos parecen ser otros, primó el sentido común.

Y hasta donde sabemos, nadie se ofendió a punto de exigir explicaciones. Pocas cosas pueden ya asombrar al público cubano.

Influyó, claro, la simpatía de los personajes, que cautivó a muchos de los televidentes. El beso fue el final natural de esa historia de amor.
Por más que el escritor haya forzado situaciones, otras estuvieron perfectamente defendidas por los diálogos y la manera en que los asumieron los actores.

Las conversaciones de Félix con Marcia sobre la necesidad del amor y de Bernarda con Neide sobre el derecho de Linda a realizarse, son ejemplos de profundidad y solidez dramática… con los límites de la telenovela, por supuesto. Pero hablan con diafanidad de temas sensibles, hasta cierto punto polémicos.

Está visto: una telenovela puede ser más efectiva que cien conferencias sobre esos asuntos, al menos para el gran público.

Llama la atención que sean las telenovelas brasileñas las que han solido poner esas cartas sobre la mesa aquí en Cuba. Nuestros dramatizados todavía tienen muchas deudas en ese sentido.

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