A dos décadas de esta producción televisiva, se hace necesaria la continuación de los mejores videos

Desde la mismísima primera edición de los Premios Lucas en 1998, se apreció una dicotomía que ha perdurado hasta el sol de hoy: la contradicción entre el Video del año y el Video más popular, siendo esta última categoría el único apartado ajeno a las decisiones del jurado de escogido para dirimir las jerarquías genéricas y técnicas.

En la cara “crítica” de la moneda apareció “Sentimientos ajenos”, dirigido por Ernesto Fundora para el cantautor David Torrens, mientras que en la otra faz “no especializada” se estampó la propuesta de Orlando Cruzata y Rudy Mora para “Ilusión de papel”, del muy popular Paulo FG, una hechura menor dentro de la nutrida obra de este clásico dueto creativo.

Desde tan “tempranas” épocas se evidenció entonces, en toda su madurez, uno de los dilemas no resueltos por el proyecto Lucas: ¿qué es lo más importante, la música o la imagen?, algo que creo va más allá, o engloba de manera más compleja la consabida polémica entre la naturaleza artística o comercial del videoclip.

Dadas las perspectivas artísticas (principalmente fílmicas) sobre las que se sustentó el género en Cuba desde sus primeras y atípicas épocas de corte no comercial —donde intérprete y realizador satisfacían por igual sus pretensiones artísticas—, la factura y el discurso visual siempre han sido declaradas piedras de toque, tanto del programa como de los premios.

Los jurados, compuestos por abrumadora mayoría de realizadores, periodistas y críticos especializados en el campo audiovisual, han actuado en consecuencia, concentrándose en las virtudes y complejidades de la imagen.        

Pero (siempre hay un pero) un vistazo superficial a la subsiguiente lista de premios otorgados por el público a “los videoclips” de su preferencia, coincide ciento por ciento que sus protagonistas siempre han sido agrupaciones e intérpretes de moda entonces y (hasta) ahora, como Paulo FG, Carlos Manuel y su Clan, Charanga Habanera, Haila, Pedrito Camacho y el Clan, Gente De Zona, Moneda Dura, Ángeles. Además, casi todos han repetido entre dos y cuatro ediciones, respondiendo a la permanencia de los artistas de marras y sus temas “pegados” entre los gustos multitudinarios.

Solo en dos ocasiones han coincidido jueces y público a la hora de inclinarse de común acuerdo por un videoclip: en 2004, con la producción animadaAy, hay amor”, dirigido por Ulises de Jesús, Reyner Valdés, Homero Montoya y Alexander Rodríguez, y en 2010, con “Cerro cerrao”, de José Albelo. ¿Los artistas respectivamente promocionados? Pues la Charanga Habanera e Insurrecto.      

Lo anterior arroja entonces que los grandes públicos cubanos consumen fundamentalmente los clips por su contenido melódico y no por el audiovisual, en contraposición a los propios principios de Lucas, surgido de las necesidades urgentes de fomentar el género en el país; a la vez que entran en estrecha correspondencia con la misión mundial básica del videoclip como producto accesorio y promocional de una composición, en pos de alcanzar nichos en el mercado disquero —para el caso de Cuba, más bien en el circuito de conciertos, dado lo incipiente y menguado de la industria fonográfica, cuya verdadera distribución está en la zona pirata.

Otro tanto se aprecia en las listas mensuales y anuales del Lucasnómetro, así como las curadurías de los grandes espectáculos de premiación —también requeridos de asistencias profusas— se han ido decantando por la presencia mayoritaria de tales intérpretes de alta popularidad, en detrimento de los proyectos más elaborados, por ende minoritarios, cuya presencia en el creciente y competitivo contexto clipero ha mermado ostensiblemente en los últimos años.

Un loable esfuerzo del proyecto Lucas por remontar tales “contradicciones” fue el lanzamiento en 2006 del serial Los 100 de LUCAS: Primera antología del videoclip cubano de los 80 al 2006 (retransmitido recientemente por el canal digital temático Clave), que de la mano de Rufo Caballero buscó reforzar las jerarquías artísticas audiovisuales con una selección de excelencias.

Fue además el primer intento serio por estructurar una historia del videoclip nacional a través de sus obras, complementadas por las acotaciones profusas de Rufo sobre los antecedentes, contextos socioculturales y epocales que mediaron en la creación de todas las obras antologadas. En el número uno absoluto de la lista, un provocador y bizarro clip dirigido por Ernesto Fundora en 1993 para el tema “Buenos Aires muerte del ´92”, de Santiago Feliú; verdadera y nítida declaración de principios del serial de marras.

A dos décadas de esta producción televisiva, se hace necesaria una continuación, segunda temporada o volumen, que abarque el subsiguiente decenio hasta ahora. Aunque me atrevo a aseverar que no mucho variaría el top ten de la antología original si se mantienen las mismas perspectivas, dados los senderos más llanos, estética y discursivamente hablando, que han tomado las nuevas propuestas: enmarcadas en dinámicas (industriales) muy diferentes a los románticos tiempos de fundación.

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