Acercamiento a valoraciones y experiencias de creadores sobre la ficción audiovisual

La fotografía, el cine, la televisión, la web han modificado el mundo y aportan elementos a la experiencia estética. Mediante la desconstrucción de narrativas, los estudios visuales examinan la recepción de la obra en el panorama de la industria cultural.

Aunque la “técnica es la técnica”, no perdamos de vista que una forma artística no nace por la mera emergencia de novedades de ese tipo, ni siquiera por el descubrimiento añadido de formalidades asociadas a ella; se logra cuando la práctica de producción simbólica de una historia audiovisual conmociona al destinatario, moviliza su pensamiento, lo hace reflexionar sobre valores éticos y estéticos, significaciones del relato.

De acuerdo con el periodista e investigador Ignacio Ramonet: “Curiosamente hay un regreso masivo al consumo de las series de televisión. La idea es que ellas permiten desarrollar más los caracteres y las situaciones en capítulos de 15 horas en una o en varias temporadas”.

Cada ficción implica una transformación creadora, en la que intervienen imágenes, recursos comunicativos, expresivos, convenciones e intencionalidades; estas se patentizan en el conjunto de la representación con cualidades diferentes, las cuales cumplen funciones cognoscitiva y artística.

En todo audiovisual el lenguaje del sonido es esencial. Según ha reconocido Jerónimo Labrada, profesor de la Escuela Internacional de Cine, TV, y Nuevos Medios, “hay que tener en cuenta las diferentes capas del sonido: atmósferas, diálogos, efectos sonoros, doblaje. Cada nivel tiene determinado efecto, se necesita un buen equipo creativo para mantener el control de todos los elementos”.

De ellos forma parte el discurso sonoro, el maestro Chucho Valdés considera: “Ningún tema puede ir por encima de la trama. Apoyar dramatúrgicamente personajes, conflictos y circunstancias, es la función de la música, que no debe prevalecer o molestar. En el filme Esteban nunca quise competir con lo que sucedía, sino apoyar situaciones, los sueños del niño y la labor del resto de los implicados en el relato”.

Defender la condición humana tiene que ser una premisa en lo que se muestra en pantalla. Como reconoce la actriz Irela Bravo: “la calidad del guion resulta primordial. Sin buenos textos no es posible alcanzar una puesta que sea convincente y atraiga el interés del espectador”.

Dicha premisa se mantiene para todos los géneros, en la telenovela no constituye una excepción dado su carácter eminentemente popular respecto a la forma de comunicación masiva, dirigido a públicos diferentes, representativo de conflictos, preocupaciones e interrogantes de buena parte de su auditorio.

El discurso telenovelesco se rige en el desarrollo narrativo por una estructura fragmentada en episodios cortos que generan efectos de suspenso, crean sensaciones de ansiedad, dependencia por seguir el desenlace de las historias.

Héroes, heroínas, villanos, responden a ideales de ser y parecer; pues simbolizan el bien, el mal, la bondad, la avaricia, encarnan actitudes.

Ninguna puesta audiovisual constituye un tratado de Sociología, influye en la conciencia si con el lenguaje y el valor enunciativo visual forma parte de una producción social de sentido. Lo fundamental es lograr la artisticidad de la obra.

En ocasiones, actores y actrices extravían una línea argumental, mantener el sentido depende de la dirección actoral, del sentimiento que cada intérprete traslade a su desempeño interno y externo; de lo contrario se recitan diálogos, ejecutan acciones sin el espíritu requerido para asumir la vida de otro humano.

No por azar el escritor Gustave Flaubert reclamó: “no son las perlas las que hacen el collar, es el hilo”.

Todo relato es una jerarquía de instancias. Resulta insuficiente ir de una palabra a otra, de una imagen a otra; instaurar la jerarquía exige pasar de un nivel a otro, este proceso demanda dominio de la estructura narrativa, del sentido sintáctico.

La información que ofrecen los medios de comunicación es aceptada como un mecanismo de legitimación. De ahí la importancia de pensar el diseño de programas y formatos capaces de cautivar al público etáreo e interesar a las mayorías. El capital del intelecto constituye una fuerza altamente productiva en beneficio del bienestar de la sociedad. Convivencia, cultura, sentido social, son indispensables en el siglo XXI.

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