Aproximaciones a la serie LCB: La otra guerra, reconocida con el Caracol de la Uneac  

Cada pueblo tiene un singular proceso de formación. Sin las pequeñas y las grandes historias es imposible conocer hechos, circunstancias, héroes anónimos, de cada nación.

Lo patentizó la serie LCB: La otra guerra, reconocida con el Gran Premio en ficción en el concurso Caracol de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (Uneac).

La memoria histórica constituye un relato complejo, desentrañarla desde el audiovisual propone atender a los nuevos sentidos que se le otorga al arte como espacio de reflexión.

Al guionista Eduardo Vázquez Pérez, autor de la idea original y del argumento, se unieron en la escritura Yaima Sotolongo y Alberto Luberta Martínez, director general, para contar en 15 capítulos, de 45 minutos, la lucha contra bandidos librada en la sierra del Escambray.

Según comentó Luberta Martínez: “para este proyecto el paso inicial lo dio Eduardo Vázquez, acucioso investigador interesado en conflictos humanos y en la temática del bandidismo, sobre la que escuchó los primeros testimonios durante el servicio militar en 1967. Desde entonces sintió gran interés por conocer más detalles de esta.

“Se dirigió al teniente coronel y doctor en Ciencias Históricas, Pedro Etcheverry, subdirector del Centro de Investigaciones Históricas de la Seguridad del Estado y comenzó a gestarse la serie. Tanto su asesoría como el apoyo de la institución le permitieron el acceso a cientos de documentos inéditos, entrevistamos a muchos combatientes destacados. Al inicio de 2015 presentamos el proyecto al Icrt, donde fue aceptado. La complejidad de la puesta requirió de la coordinación con el Ministerio del Interior y las Fuerzas Armadas Revolucionarias, instituciones indispensables para producir este audiovisual. Realizamos una labor conjunta”.

Precisa el director general que “es una obra de ficción inspirada en hechos reales. La abordamos a partir de la humanidad de los personajes, de héroes anónimos que pelearon en aquella guerra siendo niños, de milicianos de filas, del campesino y su familia.

“Los conocí en Meyer, en lo alto del Escambray, donde un grupo que combatió en la tropa del Caballo de Mayaguara recuerda la épica revolucionaria, ellos siguen viviendo en el mismo lugar”.

Destaca que cada escena constituyó un desafío. La orden de acción dinamizó siempre el esfuerzo conjunto y la dedicación de Alexander Escobar (dirección de fotografía); Gonzalo Aldama (sonido directo), del productor ejecutivo, Nelson Rivera, la producción general de Ariam Rivera y de Gisela Álvarez, productora de avanzada.

La serie también mereció premio Caracol por la banda a cargo de Edgar Dávila, Yamilka Velázquez y Félix Riera, quienes coinciden al destacar las complejidades del proceso creativo.

Refiere Riera que para contextualizar la serie estudiaron con detenimiento la música de los años 60, en especial, los aportes de maestros valiosos, como Roberto Varela, Leo Brouwer, Juan Blanco y Juan Piñera.

Para Edgar Dávila y Yamilka Velázquez “fue esencial respetar el estilo de la época para recrear la música con la sonoridad del siglo XXI”.  

Al equipo de trabajo le resulta imposible apresar la intensidad de un año y medio de ardua labor, los desafíos de una puesta que exigió armamentos, efectos especiales, vestuarios, animales, locaciones, de un período de nuestra historia. Determinaron en la calidad artística, el esfuerzo mancomunado de 102 actores, un amplio equipo de técnicos, otros especialistas y la asesoría del general de brigada (r) Pedro Jorge Romero Alonso.

Para ellos es fundamental que el arte privilegia la imagen nunca el calco de la realidad. Como expresó Fidel: “Lo importante es la esencia que nunca debe ser alterada. Los detalles son de especial significación para los historiadores más rigurosos”.

Epopeyas de nuestro acontecer merecen ser contadas en la televisión cubana, medio que demanda pensar los nuevos procesos de socialización desde las problemáticas y las operaciones del intercambio social.

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