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 Nuestro sistema televisivo debe cumplir su encargo de servicio con todos sus públicos

Parece muy distante aquetv sonriel lejano octubre de 1950, cuando La Habana inauguró oficialmente las operaciones del Canal 4 (Unión Radio TV), nuestra primera televisora.   

Entre 1950 y 1958, la capital cubana tenía la mayor concentración de televisoras en Iberoamérica:

Desde 1951, CMQ TV (Canal 6) inició la fundación de filiales en las principales ciudades de las distantes provincias orientales y pronto le siguieron los canales 4 y 2, respectivamente.

Donde único no existieron fue en Pinar del Río. La prensa de la época registró la correspondencia cruzada entre un prestigioso intelectual pinareño (el padre de Abel Prieto Jiménez, actual Ministro de Cultura) en defensa de los derechos de sus coterráneos para recibir directamente este servicio y la respuesta dada por el entonces el propietario-director de CMQ S.A., el mayor conglomerado mediático cubano.  

Desde 1960, la radiodifusión de servicio público en Cuba dio pasos de gigante para lograr una cobertura televisiva en las zonas más recónditas y eliminar  gradualmente las zonas de silencio tecnológico existentes.

Nuestras aspiraciones de igualdad de oportunidad para todos, el bloqueo imperial  que impidió la renovación de la tecnología instalada -mayoritariamente norteamericana-  y la escasez de las finanzas precisas, dilataron nuestro acceso a los nuevos adelantos de la televisión. En consecuencia, por muchos años predominó la televisión abierta que garantizaba el acceso masivo sin grandes erogaciones familiares -solo adquiriendo un equipo receptor y pagando una tarifa eléctrica casi simbólica-.    

En medio de raigales cambios estructurales, el nuevo modelo de radiodifusión de servicio público enfatizó la formación ideológica y la orientación educativa-cultural.

La  reconversión de los contenidos fue un monumental proceso de continuidad-ruptura donde los géneros, formatos y prácticas mediáticas tradicionales se fusionaron con los nuevos, configurando una dinámica praxis social. El Período Especial arrasó con el equilibrio de géneros y formatos.

Entonces la solución económica fue un aluvión de noticias, revistas informativas y entrevistas que nos acercaba más a un canal noticioso que a un generalista. El posterior surgimiento de canales temáticos (Tele Rebelde, Multivisión, dos señales educativas y finalmente en una de ellas, TELESUR) amplificó y diversificó cuantitativamente las propuestas y temáticas que siguieron muy cercanas a las noticias, la información y, esta vez, al documental.  

Tenemos una deuda productiva y de programación estable del amplio diapasón de los dramatizados, proyectos para niños y adolescentes, zarzuelas y operetas,  animados, etcétera.

Gradualmente hemos digitalizado nuestra infraestructura básica y los procesos televisivos, se ha recuperado la sistematicidad productiva de ciertas producciones y algunas de ellas  incorporan “a todo trapo” las nuevas tecnologías y tendencias creativas usuales en los audiovisuales contemporáneos, mientras otros esperan por las “vacas gordas”.

No obstante, la necesaria renovación de la estética visual, la dinámica y los recursos expresivos, no son nuestras únicas carencias. Aunque la mayoría afirma que la modernización de nuestros audiovisuales depende de mayores finanzas, ultra cámaras, computadoras, luces, informatización, vestuario, maquillaje y escenografía de última generación, esto no es tan absoluto.

Una parte importante de la modernización recae en la corrección de prácticas mediáticas sustentadas en subjetividades creativas y comunicativas que atentan significativamente a los públicos; sobre todo a aquellos  cuyos hábitos de teleaudiencia son más arraigados.  

Las transformaciones tecnológicas, sociales, culturales e ideológicas -y hasta el bloqueo imperial- iniciadas desde 1959, marcaron de una manera particular nuestra realidad actual:

  • La garantía de salud nos hizo superar la expectativa de vida y provocó el boom de la tercera y cuarta edades.
  • La educación masiva y gratuita generó una población envejecida integrada por obreros, administrativos y personal de servicios de nivel primario, secundario o técnico, así como más de un millón de egresados universitarios, científicos, académicos, profesionales, artistas e intelectuales -empíricos o no-. Las necesidades comunicativas-culturales de este conglomerado distan mucho de sus similares en edades en cualquier país de América Latina.
  • La austeridad económica redujo la tenencia del transporte privado e impuso el uso mayoritario del colectivo.
  • Los salarios y pensiones -tradicionalmente bajos- limitan otras opciones de consumo informativo-cultural fuera del hogar.
  • Los limitados ingresos financieros reducen el acceso a nuevas tecnologías -correo electrónico e Internet en el hogar o la telefonía móvil de última generación- que ampliarían el acceso cómodo y eficaz a la información, la comunicación y el infinito de los audiovisuales.

Por estas y otras razones los añejos somos los más afectados - los infantiles seria otro caso a analizar-de nuestra teleaudiencia.

Cuando menos posibilidades tienen de acceder a otras opciones, conviven -entre otras-  con prácticas que le afectan sensiblemente:   

-El predominio arraigado del paradigma de comunicación transmisivo se refuerza excesivamente en noticias, informaciones, revistas variadas y entrevistas; la visión promocional de eventos, actividades y personalidades, que desplaza al análisis de los contenidos, procesos, tendencias y la historia y hasta la prevalencia de lo anecdótico sobre lo analítico. 

-Los cambios incesantes en los horarios y días de difusión de los programas.

-La reiteración-saturación de los mismos proyectos, géneros, formatos e informaciones  por todo el sistema anula la deseada diversidad de opciones.

-La prioridad de la interpretación musical, vocal o danzaria minimiza a otras disciplinas o formatos sustentados en las ideas y hasta la escasez de programas de ciencia, tecnología y economía. 

-La falta de sistematicidad productiva no garantiza la diversificación regular de géneros y formatos en pantalla para todos los públicos. Generalmente, la producción se hace por ciclos u oleadas de  teleplay, musicales, competencias de conocimiento o habilidades. Lo mismo pasa con las temáticas y enfoques.  

Estas ausencias en la programación recaen fundamentalmente en producciones valiosas tradicionales en nuestro patrimonio histórico-cultural naciona, que como perviven en la memoria colectiva, las siguen demandando.

Las actuales dinámicas políticas, ideológicas y tecnológicas imponen  intensificar la relación directa entre los comportamientos productivos, las necesidades de la programación y la demanda de las audiencias, pero en esta zona los cambios en las mediaciones tecnológicas actuales han generado percepciones equívocas:

En momentos de tránsito es cuando más necesitamos conocer los criterios de las audiencias. Para ello, durante cuatro décadas, el Centro de Investigaciones Sociales del Instituto Cubano de Radio y Televisión hizo sondeos de audiencia; periódicos a escala nacional con muestreos proporcionales estadísticos representativos de toda la población; dinámicas de grupo; y hasta análisis de los programas cero que permitían corregir errores.

Un buen día, otra visión administrativa anuló esta actividad nacional y la sustituyó mayoritariamente por algunas investigaciones habaneras.

No nos llamemos a engaño, en nuestra sociedad actual, aunque el acceso a las nuevas tecnologías aumente los correos electrónicos, los programas de participación o las publicitadas dinámicas de grupo locales; estos mensajes no tienen una organización científica y representan solo a un tipo de televidentes. 

Mientras muchos jóvenes declaran no ver televisión, muchos -entre ellos, los adultos mayores– satisfacemos la mayoría o todas nuestras necesidades y preferencias de información, comunicación, cultura y distracción en esta pequeña pantalla. Los de mayor edad y menor salud física o económica, tienen las menores opciones.   

Nuestras realidades siguen cambiando y “nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos”, pero ver televisión sigue siendo una de las prácticas mediáticas-culturales más arraigadas y perdurables en la vida cotidiana de la mayoría de los cubanos.

Nuestro sistema televisivo estatal, socialista y de servicio público es uno de los  más vastos e integrales en habla hispana y debe cumplir su encargo de servicio con todos sus televidentes.

 

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