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La telenovela brasileña de turno apenas logra una tibia recreación dos culturas (a golpe, no faltara más, de sus elementos más evidentes), sin que la trama alcance consistencia…

Todo es bonito en Sol naciente (Globo, 2016), como se supone que luzca todo en una «novela de las seis». A la hora en que se transmite en Cuba (más o menos a las 9:00 p.m.), allá en Brasil la propuesta suele ser más trepidante, más conflictiva y hasta sórdida. Sol naciente, en definitiva, está concebida para un público «amable», que prefiere historias para pasar el rato antes que la emoción avasalladora de un folletín «duro». Si al auditorio cubano le parece inocente y apacible esta trama, ya conoce su «pecado» original… que para algunos puede ser incluso hasta una virtud.

Pero ciertamente, hasta teniendo en cuenta estas circunstancias, Sol naciente se ha regodeado más de la cuenta para llegar al punto álgido en que ahora mismo está. Y eso que estamos viendo una versión internacional, convenientemente editada. Mucho «azúcar», mucho «refresco», mucho devaneo romántico, muchas villanías de segunda mano… y muchos lugares comunes.


A los autores no les ha preocupado «inflar» algunos conflictos y aderezarlos con motivaciones a todas luces exageradas. Un solo ejemplo: ese odio y ese deseo de venganza de Santita y Modesta por el viejo Tanaka están francamente sobredimensionados, por más que las actrices coqueteen con cierto desparpajo para manifestarlo. Cuando falta sustancia, hay que inventarla sin que haya que romperse demasiado la cabeza.


De todas formas, los «hilos» de este cuento, aún siendo simples, son siempre funcionales. Y hay pocos dobleces en estos personajes, uno sabe con certeza que puede esperar de cada uno de ellos. Sol naciente reproduce, sin grandes ambiciones, los esquemas de toda la vida. Una telenovela más…


Hay que agradecer entonces los momentos de solaz que regala, momentos humorísticos, escenas familiares y diáfanas que contrastan (y equilibran) con los conflictos más oscuros. Eso lo saben hacer muy bien los brasileños.


Menos conseguida resulta la pretendida recreación de dos culturas, la italiana y la japonesa —fuentes de grandes movimientos migratorios hacia el gran país sudamericano—: todo se sustenta en un colorismo fácil, que no ahonda mucho más allá de los elementos más superficiales y reconocibles.


En el caso de los asiáticos es más cuestionable, por la elección del elenco: si en Brasil hay actores de ascendencia japonesa, ¿por qué seleccionar a un actor que no la tiene para encabezar una familia típica?


Entre los intérpretes, no hay desempeños extraordinarios (tampoco es que la trama los auspicie). Quizás las más singulares sean la Santita de Laura Cardoso (aunque en momentos parezca vacilante, la actriz tuvo problemas de salud) y la Giuseppina de Aracy Balabanian.


De la puesta en pantalla no hay mucho nuevo que decir: sin la grandilocuencia de las telenovelas «de las nueve», es más que correcta, elegantemente estilizada. ¡El imperio de un estándar que ha marcado pautas internacionales! Con el plus de muchísimos paisajes de ensueño.


Los hermosos pasteles de la visualidad se vuelcan a la historia. Los rayos de este Sol naciente apenas «castigan» al televidente. 

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