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Lo visto y escuchado en el primer programa de la serie –puesto que ahora se trata de un espectáculo seriado, de domingo en domingo– hace pensar en que solo se aprovechó una parte de la experiencia productiva y no la mejor. No me refiero únicamente al sistema de competencia –las puntuaciones aludidas, en tanto es difícil traducir una evaluación cualitativa a los fríos guarismos reflejados en una pantalla, y eso de dejar dos puestos en «zona de peligro» no hace más que reproducir una fórmula populista y veleidosa–, sino a la naturaleza de la propia competencia.

El Guzmán fue, es y debe ser un concurso para la canción cubana, en todas sus especies y variantes. Un concurso profesional, entendida esta condición más allá de la dedicación exclusiva o no del compositor al desempeño autoral, es decir, a partir del talento, el conocimiento y el oficio para redondear un producto que enriquezca la canción como expresión cultural. Basta con revisar la nómina de premiados y finalistas en la historia del evento para comprobar que lo que afirmo es una verdad tan grande como una montaña.

No es un encuentro para descubrir talentos interpretativos, sino para que las canciones, luego de una rigurosa selección, sean defendidas por intérpretes que le vengan como anillo al dedo, o al menos se aproximen al contenido de la pieza, tanto en sus aspectos estrictamente literarios como discursivos musicales. Para descubrir intérpretes hay otros concursos.

Al jurado no se le puede pedir más. El televidente ignora –aunque suponga existan– los tiempos para la reflexión y la consulta, para la discusión y el intercambio que deben mediar entre la exposición del hecho artístico y el juicio. Pero como se presentan las cosas pareciera que al jurado se le exige una valoración apresurada: alguien canta, la animadora pregunta y a bocajarro uno o más jurado habla. Por cierto, casi ningún criterio se detuvo en el análisis de la composición ni en la pertinencia de la orquestación; la mayor parte de los juicios fueron a  parar a la interpretación.

El televidente también aguza los oídos y echa mano a su memoria para encontrar en las muestras del primer día bachatas que recuerdan otras bachatas, baladas aflamencadas con sabor a Rosalía y baladas sin aflamencar en el más puro, duro y barato pop latino.

De cada tema, la producción armó una telenovela. Cierto que cada obra tiene su historia, pero lo que vale es la canción por sí misma. Cuando uno escucha una canción no le pregunta al autor cómo se inspiró, sino le toma el pulso a la composición y ello debería bastar.

Habrá tiempo y espacio para abordar en próximas entregas los aderezos de la producción –coreografías, diseño de luces, escena y ropa, la dramaturgia de la presentación, así como la correspondencia entre la justeza de los homenajes a creadores imprescindibles y su plasmación artística–, pero no puedo poner punto final sin apuntar un detalle. ¿Por qué a Luna Manzanares no le suprimen la preguntica de cómo te sentiste al final de cada interpretación? Recuerdo que una vez llevaron a un estudio de televisión al inefable Samuel Feijóo y una afamada presentadora le soltó la preguntica de marras. El viejo zorro intelectual respondió: «¡Mal, muy mal! ¿No está viendo lo bien que me siento?».

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