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 Acercamiento a programas de televisión que recrean las artes visuales y ahora promocionan la XIII Bienal de La Habana

Al contemplar una imagen, cada espectador elabora su propio código de referencias que le permite explorar otro universo, imaginarlo, en cierta medida. Se aprende de lo bello y de lo feo; lo dramático y lo jocoso. Este proceso es consustancial a los humanos, pues, en el siglo XXI, los imaginarios colectivos son productos de la representación mediática.

Públicos diversos en la pasada bienal de fotografía.

A la TV se le habla como si fuera un miembro de la familia, los públicos quieren satisfacer sus necesidades culturales, educativas, de entretenimiento, lo cual significa acceder a la cultura en la más amplia acepción del concepto.

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Poco me faltó colocar en Facebook una solicitud de ayuda a mis amigos para localizar a Heiking Hernández, porque ella no está en la popular red, lo supe cuando ¡al fin! tuve su número de celular.

De la graduada de la Facultad de Arte de los Medios de Comunicación Audiovisual, FAMCA, ya escribí una vez cuando codirigió la serie ZOOlógico y lo hizo muy bien. Ahora tiene mando general de Vidas cruzadas y lleva por buen rumbo la telenovela cubana, aplausos merece luego de las últimas transmitidas.

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Para Heiking Hernández y el team work que trabajó con ella debe haber una primera satisfacción: su propuesta, Vidas cruzadas, polarizó las opiniones o era muy buena para algunos, o la peor de todas para otros, tanto en conversaciones en la calle como en los comentarios en los sitios web.

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El subconsciente escribió por Fernando Pérez.  Con mayúsculas, en negritas, y subrayado trazó SANTIAGO ÁLVAREZ,  en la sucinta respuesta a mi pregunta  sobre el fundador del Noticiero ICAIC latinoamericano. “¿Puedes decir en un párrafo que significó para ti su impronta?”.

Con respuestas  a esa pregunta, pretendí  (y lo he logrado en un alto por ciento) una nota coral, para homenajear al cineasta que cumple 100 años el 8 de marzo. Quienes respondieron, tuvieron, y tienen una relación singular con el director de ¡Now¡,  el primer videoclip para no pocos especialistas.

Para mí Santiago era  el hombre símbolo de aquellos noticieros que veía en el cine, muchas veces con humor tiraba la realidad a mi cara. A  veces fui sólo a la sala oscura por ver el noticiero. Pronto supe que era un producto colectivo con personas virtuosas en el audiovisual, que contaban con un buen director de orquesta para sacar cada nota.

Pero Santiago es también el mago que enseñó Viet Nam  y que logró  reflejar una reacción tan tierna como pícara de Fidel, en su conversación con  Salustiano Leyva, un guajiro que  con 11 años conoció a José Martí y luego le hablaba al barbudo que tenía en frente, en 1976, de “mi hermano Fidel”.

Calificado como uno de los documentalistas más grandes del siglo XX, Santiago dirigió su primer noticiero a los 40 años. No tenía estudios de cine como Julio García Espinosa o Tomás Gutierrrez Alea,   pero Alfredo Guevara confió en él. Se conocían de haber formado parte de la Sociedad Cultural Nuestro Tiempo, y allí Santiago asistía regularmente a los cines clubes que se organizaban.  Alfredo no se equivocó: al final de su carrera había acumulado una cifra superior a 80 primeros premios en festivales internacionales y concursos nacionales, pero más que eso: formó a un grupo de artistas en la concepción de que el cine debe ser un arte de vanguardia, experimental y por ello revolucionario.