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Entre tu y yo

Manuel Calviño: MI GRAN PSICÓLOGO HA SIDO VALE LA PENA

Mi sueño de hacer periodismo siempre ha estado en armar mis ideas para lo impreso. Así lo hice hace veintiséis o veintisiete años sobre un espacio que salía por la TV: Vale la pena. Se transmitió por Radio Reloj, emisora en la que trabajé durante los años noventa.

No guardo cuartillas, entonces nunca le he podido enseñar aquel puñado de palabras a Manuel Calviño. Desde entonces he sido su fiel televidente, un día nos encontramos y en persona sentí la misma empatía que cuando trato de aprehenderlo en la pantalla.

Con un Doctorado en la Universidad Lomonosov, de Moscú, de 1977 a 1981 (Universidad Estatal de Moscú “Lomonosov”), en la Facultad de Psicología, tuvo de tutor a una de las figuras más relevantes de la Psicología Soviética,  Alekcei Nikolaievich Leontiev. El tema de su tesis fue “La actualización del sistema de sentidos psicológicos bajo la influencia de la motivación”.

Ha escrito  varios libros entre los que están  Vale la Pena. Escritos con Psicología y Cambiando la mentalidad... empezando por los Jefes, que literalmente vuelan en presentaciones o librerías.

Para mi disfrute, estuve personalmente con Calviño el día que filmó su programa Vivir del cuento. Incluso pudimos conversar más porque me dio botella. Ese día yo estrené mi primer nasobuco y por supuesto, como dice mi interlocutor  “Hubiera(mos) disfrutado mucho más, si la entrevista fuera “cara a cara”. Pero hay que pasar a la modalidad a distancia, para poder seguir “vivo a vivo”:
- ¿Llegaste a la música por alguna tradición familiar o por el embullo de estudiante universitario de meterse en el Moncada? 

-Mi vínculo con la Música tiene larga historia. Siendo muy pequeño, en primer grado, mis padres me regalaron una pequeña guitarra de juguete, de solo cuatro cuerdas, y yo lograba sacar melodías y acompañamientos… incluso hacerlo en actividades escolares en mi Escuela. Luego, un día de Reyes Magos, apareció un pequeño acordeón de botones, y la misma cosa. El acordeón fue creciendo conmigo (no el mismo…) y me llevó a formar parte de varios grupos de barrio. Mientras el piano, comprado en casa para que mi hermana cumpliera con la norma de ser una Señorita versada en varios sectores, se convirtió en un medio de expresión personal, de ejercicio del gusto y el placer, y hasta de “conquistas amorosas”. Así, avanzando rápido, llegamos a la segunda mitad de los sesenta, y mi encuentro con “Los Dada”, un excelente conjunto conformado por muy buenos músicos. La música pop fue nuestro fuerte. De toda esta época, recuerdo a personas que luego siguieron en la Música, y no se les ocurrió ser psicólogos: Pedro Luís Ferrer y Mikel Pourcel, Carlos Alfonso. Y también recuerdo un año de trabajo en el Copa Room del Hotel Riviera, haciendo un show y una cortina músical… todos los días. Para la zafra del 68, 69 y 70, la guitarra fue mi compañera segura, y alguna que otra vez me liberó de la mocha para estar en algún acto de emulación como artista. Ya entrando en la Universidad, en el 70, la Nueva Trova fue mi vínculo musical-conceptual con la Música. Allí conocí, e hicimos actuaciones de conjunto, con mi gran amigo Alberto Fayas (cantante excepcional del Moncada), Mario Ayoub (Físico), y Jorge Gómez (que para entonces dirigía un programa de televisión (de la televisión universitaria) llamado “Siempre en domingo” (que llegó a ser “siempre los mismos”, porque no había demasiados aficionados universitarios como para escoger). Y de ahí nació la idea de formar el Grupo Moncada (que en algún momento tuvo como “nombre de mesa”, los Pimientos Morrones… porque no lo hacíamos muy bien que digamos… pero nos superamos!)

No había músicos en mi familia. Nadie que aupara el funcionamiento de mi “oído musical”. Pero mi padre, figura tremendamente influyente en los destinos de mi vida, sí que era un consumidor de música muy dedicado – su biblioteca discográfica era diversa, heterogénea… excelente: Desde Caruso, hasta Barbarito Diez, pasando por Agustín Lara, Nat King Cole, el Beny, Celia, La Sonora, Lucho Gatica, Mona Bell, Rolando Laserie, Mozart… de todo, todo con calidad. Quizás fue esto lo que movilizo mi “aptitud musical” primaria… Y sigo amando la música. Es parte de mi vida… solo que como “amor platónico” que se siente profundamente, pero no se realiza plenamente. Apenas me aprovecho de ella para enriquecer mi espíritu. Pero ya no le devuelvo mi dedicación en acto.

- ¿Cuándo decidiste ser sicólogo? ¿Es cierto que algún profesor tuvo que ver en que te “empecinaras” en esa carrera? 

-Mi decisión de ser psicólogo tiene dos vertientes: una reactiva-adolescente; otra familiar-influyente. Mi paso por la nocturnidad del Cabaret trajo como consecuencia la “repitencia” del último año del preuniversitario. No debería decirlo, pero lo cierto es que no me quejo. A veces pienso que las instituciones hacen un marcaje de la vida demasiado lineal, solo con tramas y no con subtramas, y la vida, pienso yo, no se somete al postulado según el cuál “la menor distancia entre dos puntos es el segmento de recta que los une”. La vida es también los otros caminos, incluso los senderos y salirse del camino, el paso adelante y el paso atrás, en fin… creo en que las cosas ocurren cuando tienen que ocurrir. Podemos presionarlas un poco, pero ellas tienen su tiempo, y con ese tiempo hay que dialogar. Bueno… el caso es que (para mi bien… esto sería mejor no decirlo, por aquello del mal ejemplo), repetí el 12 grado. Y para solo recibir la única asignatura que suspendí, Física, debí incorporarme a dar clases, como profesor… quien lo diría, en una Secundaria Básica (por cierto, la asignatura que me asignaron al llegar al Centro, fue Física… sin comentarios). Y ahora digo que aquello fue para mi bien: Allí descubrí mi vocación por el magisterio! Creo que allí me hice Maestro. Ya en la Escuela primaria, una Escuela religiosa, de los Hermanos de La Salle, me había intentado persuadir de que mi vocación era sacerdotal (menos mal que no acepté… me hubiera equivocado profundamente, y la iglesia nunca hubiera tenido a un acólito muy firme…) Terminado el curso, llegó el momento de hacer la “elección de carrera”. Me encontraba sentado en el aula que más me gustaba del Pre del Vedado – el Parque “Mariana Grajales” – y la Directora se me acercó y me preguntó qué carrera pensaba estudiar. Entonces le devolví la pregunta: “¿Cuáles son las carreras de requisitos especiales?”… Debo decir que su pregunta llevaba un tono de tipo “tú no vas a lograr ni entrar, ni mantenerte en una carrera universitaria”, por eso mi respuesta-pregunta fue un poco desafiante, incluso petulante. Entre las carreras que mencionó ella, estaba Psicología. Y ahí, sin dudarlo, como eso que viene del fondo del alma, como si estuviera allí guardado durante años (como el amor de Florentino Ariza), le dije: “Esa es mi carrera: Psicología”. Esta es la causa reactiva-adolescente.

Cuando fui a la entrevista, tuve mi primer “insight” (decimos los psicólogos… darme cuenta, tomar consciencia repentina). Me preguntaban insistentemente que había leído de Psicología. Yo respondía con una y otra obra contundente (Obras escogidas de Freud, Karen Horney, Sullivan, Fenichel, Ana Freud…. Todos dentro de la vertiente psicoanalítica). Años después, el que llevaba la voz directiva en la entrevista, me confesó que ellos pensaban que yo mentía (claro, con mi precedente de Cabaret, podía parecer no muy creíble)… me preguntaron hasta la Casa Editorial del libro, cómo era la carátula (evidentemente, pensaron que yo mentía). Pero era absolutamente cierto, hasta yo mismo lo estaba descubriendo. Había leído mucho de Psicología. Me gustaba leer esas obras. Las disfrutaba, aprendía. Para mi no era Psicología, era la vida, mirar a la vida, entender la vida, entenderme a mí mismo, entender a las personas…. ¿Y por qué era esto posible? ¿De dónde habían salido estos libros? De la biblioteca de mi padre. Supe más tarde, que mi padre, que fue un reconocido cardiólogo, había querido ser Psiquiatra, se había acercado a la Psiquiatría dinámica de la época. Y tenía un arsenal de libros en su biblioteca. Los títulos eran atractivos: Los mecanismos de defensa, Psicoanálisis de la sociedad contemporánea, Un recuerdo infantil de Leonardo Da Vinci, y yo hurgaba en aquellos textos sin saber que construía mi destino. Así que mi “empecinamiento” con la Psicología, tiene una razón también familiar-influyente. Otra vez mi padre.

Te puedo asegurar que cuando ingresé en la Escuela de San Rafael y Mazón, en el año 1970, tenía la certeza de que mi elección era de por vida, de que mi empeño sería total, de que quería ayudar a las personas a vivir plenamente, con bienestar, con felicidad. Mi destino y su camino estarían siempre indisolublemente ligados a la Psicología. Y me alegra mucho que así haya sido, sigue siendo, y será.

- ¿Qué tiempo llevas en Vale la pena? 

-Para usar cifras cerradas, en febrero del próximo año (ya quiero que pase este 2020 lo más rápido posible) cumplo 30 años al aire. Es un número grande… especialmente si pensamos en un programa que como te dije alguna vez, no es un programa.. pero se fue convirtiendo en eso, en algo que las personas “programan”… Cuando digo 30 años, hasta a mí mismo me cuesta creerlo!
- ¿Cuáles requisitos exige ese programa para que tenga una buena cantidad de televidentes durante tantos años? 

-Parto de algo que aprendí, sobre todo aprehendí, con Vale la Pena. Al cubano le gusta la reflexión, disfruta el filosofar sobre de la vida, construir sus puntos de vista, disfruta los actos inteligentes. Somos personas dadas al pensamiento, más allá de también ser extrovertidas, activas, en este sentido ejecutoras. Cuando las personas me paran en la calle, o me escriben, no solo me agradecen el trabajo, las reflexiones, sobre todo me dan sus criterios, sus puntos de vista, construyen sus argumentaciones, sus narrativas. No somos pasivos receptores de información, de ideas, de argumentos. Los cubanos, me incluyo obviamente, somos constructores de argumentos, agentes activos en la construcción de ideas. Yo estoy convencido de que este es un primer elemento de atracción para los televidentes. Son “actores” y “guionistas” del programa, escuchan, procesan y elaboran, primero en el breve espacio que estamos juntos cuando sale al aire el programa, y luego cuando conversan en casa, o en el trabajo, con las amistades, sobre el tema tratado.

Otra cosa muy importante es la cercanía con la vida misma, con la cotidianeidad, “Lo que pasa en la calle”. Ese vínculo directo con la realidad, sin formalismos. Ese partir de la vivencia, del acontecimiento. El camino va de la realidad al pensamiento, para volver a la realidad con una opción de pensarla, para dialogar con otras opciones posibles.

Mi estilo comunicacional siempre ha sido considerando como básicas la transparencia y la autenticidad. Las personas saben, sienten, perciben, que digo lo que sé desde mi formación profesional, lo que siento, creo, y estoy convencido, lo que hace avanzar hacia el bienestar, la felicidad, el bien vivir. Soy un comunicador transparente. Y mi compromiso esencial es con el bienestar de las cubanas y los cubanos.

No puedo dejar de decir que 49 años dando clases (empecé en aun siendo estudiante, como instructor no graduado… o antes, en la Secundaria, como maestro de Física, así que son 50) en las aulas de mi segunda casa, la Universidad de La Habana, han formado en mí una espiritualidad, una subjetividad de Profesor que es sin duda la fuente de Vale la pena. Soy Profesor de corazón. Disfruto la docencia. Y el buen ejercicio de la educación y la enseñanza, suponen el aprendizaje constante, y comportamiento educado. Esto es la ética del ejercicio del magisterio.

- ¿Cómo tienes un tema distinto cada semana?

-Puedo darte una respuesta sencilla y contundente: La calle. Ahí está el centro de búsqueda, selección y desarrollo de los temas. Claro, la calle indagada, cuestionada, observada. Tengo ya incorporado una suerte de “observatorio” o “radar mental”, que en toda situación me llama la atención y me dice: esto es para Vale la pena. Claro que también son muy importantes las cartas, los correos electrónicos, las personas que me paran en la calle, y me toman del brazo como para que no me escape, y me regalan sus ideas, vivencias, historias. Entran también mis pacientes, no como personas, sino como problemáticas de vida. Y claro, no lo dudes, yo mismo soy punto de análisis…. Si hiciéramos un análisis de los temas de vale la pena en estos treinta años, encontraríamos el movimiento del programa acorde al movimiento de la vida en el país. Salvando las enormes distancias, vale la pena me impone a acercarme a ser un Juan Formell, una suerte de cronista de época, de sucesos, de acontecimientos de vida.

- Eres sicólogo y debes tener tus pacientes ¿Cuántos has adquirido por la pantalla?

-Muchos. Incluso más de los puedo y debo atender. Obviamente “la pantalla” tiene un halo de valor añadido, implica una visualización de la profesionalidad, que promueve la selección de las personas… digo, si lo hacer medianamente bien. Y es ahí que uno tiene que ser muy profesional para no caer en respuestas inadecuadas. Por ejemplo, en ocasiones me buscan para atender situaciones con niños… Los derivo a mis colegas excelentes, que se han especializado en estos temas. Vale la pena no es la Psicología. Es el uso de la Psicología en la orientación de las personas, en la estimulación del pensamiento, en la multiplicación de formas sanas, felices, enriquecedoras, de vivir.  Desde aquí, debo decirte que, en mi caso, vale la pena es también  un trampolín de la profesión, es un disparador de imagen de la profesión. Trabajo sobre todo para la Psicología, y para mis compañeros y compañeras colegas de profesión. Esta es una responsabilidad y un deber que asumo con mucho gusto. Desde que escribí uno de mis primeros libros “Psicología y Marketing”, mi obsesión profesional es posicionar a la Psicología, el trabajo de los psicólogos, en la mente de las personas, en las representaciones de los actores institucionales. Hacer ver lo que puede la Psicología ayudar, favorecer, construir, en las prácticas personales, grupales, comunitarias, institucionales y a nivel de la sociedad toda….

- Te probaste como actor ¿lo volverás a hacer?

-“Me sumas doblemente su estatura” como dice Silvio. No hice más que ser yo mismo… con alguna que otra exigencia dramática. Pero creo que la comunicación pública tiene un componente de actuación; la educación, el ejercicio de profesor, tiene un poco… un mucho… de actuación. Ojalá tuviera un poco de formación actoral. Estoy convencido que mi estilo comunicativo (en la televisión, en el aula) se vería muy favorecido. Los compañeros de “Vivir del cuento” fueron muy generosos conmigo. Armaron un guion muy cercano a mi, me dieron la oportunidad de moverlo para acercarlo a mí, construimos un mensaje coherente con mi trabajo en los medios y en la Universidad. En fin, se hizo un trabajo muy serio, profesional. Y me siento satisfecho con haber aceptado el reto…. Volverme a probar… no sé. Lo pensaría, lo valoraría, y tomaría una decisión.

- ¿Cómo se ha preparado Manuel Calviño para la cuarentena cada vez que abre los ojos?

-Buena parte de lo que hacemos o no en este tiempo de aislamiento, depende de lo que hacíamos antes de el. Difícilmente, no imposible, pero difícilmente quien no leía antes del aislamiento, encontrará en la lectura una forma de cubrir el tiempo extra en casa. Lo mismo para cualquier otra actividad, incluida la actividad física. En los mensajes que vemos por la Tele, los deportistas hacen deporte, los bailarines bailan, los músicos hacen música. El problema es cuando no podemos hacer lo que hacíamos, o cuando tenemos un extratiempo que no puede ser llenado solamente con lo que hacíamos antes.

Yo trabajo mucho. Tengo muchos proyectos pendientes, e intento avanzar algunos. Pero me he entregado bastante, desde la casa (soy población vulnerable: mayor de 65, hipertenso, e insulina resistente… le sumaría hiperactivo) a las acciones de apoyo y orientación en la batalla contra el coronavirus y sus efectos nocivos.

Eso sí, contacto – en la distancia - diariamente con varias personas, especialmente con mis hijos, que no viven conmigo y disfruto mucho comunicarme con ellos;  tengo tele-reuniones de trabajo y de placer; leo; busco información diversa; alguna que otra vez cocino, me gusta y no lo hago tan mal; en fin… Siempre digo que somos nosotros quienes hacemos el tiempo, y es mucho más productiva la sensación de que nos falta, que la que nos hacer pensar que nos sobra. A mí, casi siempre me falta.

- ¿Qué sucede cuando pierdes la paciencia? ¿Tienes algún sicólogo?

-Perder la paciencia no es algo que me sucede mucho, ni poco… soy bastante controlado… he llegado a serlo. Y cuando la pierdo, es más ansias de hacer, que impaciencia.

Creo que mi gran psicólogo (por favor, no nos quites la “p”) ha sido Vale la Pena. Yo mismo me he subido el listón. Pensando junto a las personas, accionando desde la vida compartida, buscando en las fuentes inagotables de mi ciencia matriz, la Psicología, Vale la pena me ha hecho una mejor persona. Por lo tanto, recomiendo el programa… No voy a ocultar que algún que otro tema, ha tenido que ver conmigo mismo.

Igual, mi psicólogo, casi siempre soy yo! Soy muy dado a mi autoanálisis personal. Aunque no tengo reparo alguno en consultar a algún colega si lo necesitara. Eso sí, tengo mis “insinuadores” que me remiten a “mi psicólogo”, es decir que me dicen “Piensa bien lo que estás haciendo, o diciendo… analízalo”…. Mi mujer, mis hijos, mis compañeras y compañeros de trabajo. Por suerte, no somos (no soy) perfecto, no soy un “ser acabado”… creo que esto sería un defecto, sobre todo de percepción. Soy un ser humano perfectible, que puede y quiere superarse, ser mejor, que no es lo mismo que “el mejor”… eso es vanidad, y vanidoso no soy ni un ápice, que aprende y crece bajo el influjo de las otras personas, y que participando activamente en los procesos de mejoramiento de los seres humanos, ando por el camino de mi mejoramiento como persona.

- Lo que no te haya preguntado y desees decir.

-Agradezco a la vida por muchas cosas. La lista no es corta. Pero sin duda alguna, una de ellas, es haberme abierto el camino hasta Vale la Pena.

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