Hace muchos años los vi entrar en la sede de la Unión de Periodistas de Cuba porque se le había organizado un homenaje al programa San Nicolás del Peladero, en el que ella era la inolvidable Remigia, con su especial grito de “¡Agamenónnn!”. Entonces había una tiendecita a la entrada de la organización gremial, y María, apoyada en el hombro de su esposo subió “para ver qué hay”, según dijo a dos o tres personas que la rodearon, que se extasiaron al verlo tomarla por el talle, como unos adolescentes.
Tiempo después supe de la demencia senil que atacó a Julio y María se convirtió en su enfermera, amiga, madre… Ya no brillaba como la vedette de una belleza singular que interpretaba a Ernesto Lecuona, o la bailarina que coqueteaba desde el escenario con el público masculino, ni como la motorista cubana que desafiaba la velocidad, era la anciana pendiente del niño-esposo, a quien cuidó por años. La actriz que llevaba dentro, incluso bajo esas circunstancias, volvió alguna vez al set.
En escenarios cubanos o en el exterior, fue ángel o demonio en función del papel que le tocara interpretar. Sobre su actuación en España el crítico y escritor Norge Espinosa contó: “Por el camerino de María desfilan los artistas deslumbrados: quieren conocer a la cubana que renuncia al exceso de maquillaje, plumas y prendas para esplender con solo lo necesario, una mujer natural que se mueve en la escena con una gracia enteramente inusitada. Aparecerá en otras producciones: Eres un sol, y ¡Conquístame! Cuando pone nuevamente rumbo a su Isla, deja una estela que otras intentarán copiar inútilmente.”
Fue uno de sus momentos de gloria, como otros tantos que tuvo, aunque de todos ellos prefiero el anónimo y abnegado de cuidar a su Julio, el hombre que escogió como compañero para casi toda su vida.
(Tomado de La Jiribilla)
