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Dramatizados cubanos: otras zonas de representación

La Habana, ciudad real y maravillosa, transformada en poesía y en canciones por quienes sobre ella han escrito, ha sido cientos de veces captada por el lente de realizadores, seducidos por el encanto y la diversidad de su arquitectura, su gente y sus historias. Relatos de amor, venganza y dolor han sido recreados para nuestra televisión desde la capital de todos los cubanos. Pero esa insistencia narrativa de tomarle el pulso a la realidad cubana desde la capital, le ha restado importancia –inconscientemente o no– a otras zonas de representación en el país.

Pensar que La Habana es Cuba es ya un tópico recurrente en nuestro imaginario, en parte por ese poco tratamiento de problemas no capitalinos: problemas que siguen siendo parte de nuestra realidad y nuestra cultura.

Factores tan determinantes como la falta de recursos y presupuestos atentan, sin dudas, contra la realización de series, telenovelas y unitarios que tengan su radio de acción en otras regiones del país. La transportación de equipamiento, personal, aseguramientos y hospedaje en tiempos como los que corren se encarecen y dificultan.  Aunque no sería justo achacarle todas las culpas al poco despliegue de recursos; la fertilidad imaginativa de nuestros guionistas y realizadores, acompañada de las voluntades artísticas y políticas, son también claves en la ecuación.

Tomarles el pulso a otras realidades no es un capricho, es una necesidad como públicos y como sociedad. El mito de que historias fabuladas desde el interior serían menos atractivas para los televidentes potenciales, es solo eso: un mito. Décadas anteriores han demostrado el éxito que pueden alcanzar historias campestres, con ambientes bucólicos o más reposados. Telenovelas como El naranjo del patio, Cuando el agua regresa a la tierra, entre otras, son prueba de ello.

Buenas estrategias de producción, alianzas con instituciones provinciales, telecentros y productoras independientes, pueden aportar soluciones creativas y eficientes en este sentido. En provincia también hay equipos técnicos y actores con el talento suficiente para dar el salto a la televisión nacional, como en tiempos pasados, donde series y telenovelas, tales como La cueva de los misterios, Los pequeños fugitivos, Los papaloteros o Sol de batey, eran grabadas parcial o totalmente en ciudades como Santiago de Cuba, Trinidad o Pinar del Río.

Oxigenar nuestra televisión con otros paisajes, otros discursos y expresiones culturales, es vital en la suma de adeptos. Perdernos la oportunidad de reconectar con costumbres locales, con soluciones diferentes a problemáticas puntuales y con la belleza inagotable de nuestra geografía, no debería ser el camino de una televisión pública en constante transformación.  Mientras más diversas sean las miradas a nuestra cotidianidad e idiosincrasia, mejor podremos defender ese concepto criollísimo de “cubanidad”.

 

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