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Con un lunes alterno el equipo de Historia del Cine presentó dos verdaderos referentes cinematográficos en el ciclo Clásicos restaurados, que en el contexto del aniversario 45 de ese programa entrega notables piezas.

 Me refiero, por supuesto, a Citizen Kane (reconocida en habla hispana como El ciudadano Kane) y a Memorias del subdesarrollo, filmada por Tomás Gutiérrez Alea, Titón, cincuenta años atrás y que clasifica para algunos conocedores como el mejor filme cubano de todos los tiempos.

Con una calidad impecable debido a la restauración, la exhibición esta vez de El ciudadano Kane, que ocupa lugar cimero en la filmografía mundial, tuvo una presentación para no perderse de Carlos Galiano.

¿Qué decir nuevo de esta cinta que no se conociera? El crítico y presentador salió del atolladero muy inteligentemente: mostró dos aproximaciones a la historia del filme y curiosidades de la cinta.

Con tino, Galiano volvió sobre la fotografía archireconocida de Gregg Toldan, que con planos y contra planos, el uso de teleobjetivos, logró la nitidez del enfoque desde el primer plano, el fondo y todo lo que aparece entre ambos. Por algo el nombre de este innovador es el que cierra los créditos de Kane.

Pero esa cinta está hecha también para escuchar y ese es un logro del entonces debutante Bernard Herrmann, amigo del director desde su época de la radio cuando puso a correr a Estados Unidos por su versión de La guerra de dos mundos.

Sin Robert Wise, un mago de las tijeras el filme no se hubiera podido estrenar el día previsto porque William Randolph Hearst, el gran magnate de la prensa (en quien se inspira) lo habría impedido. Wise quitó las escenas que más le molestaban y así Kane salió a los cines.

El único Oscar que recibió fue por el guion de Herman J. Mankiewicz, (enemistado con Hearst y que trabajó con él) en coautoría con el propio Orson Welles que a los 26 años revolucionó el cine y logró un clásico de clásicos.

Pienso que el misterio de Rosebud, hilo conductor del filme, es más poético asociarlo a…  (vean la película o revisítenla), que al clítoris de una de las amantes de Hearst. Pero de Welles se podía esperar cualquier cosa, incluso hacer El ciudadano Kane, rodeado de principiantes, incluido él mismo.

Y le tomo la frase a Galiano: ¿Qué decir de Memorias de subdesarrollo que no se haya dicho? Fue como dijo el crítico un suceso especial, pero él apenas habló.  Yo voy a citar diversas opiniones, hasta la pregunta final que me hago:

El lenguaje utilizado va desde la traducción literal de algunos pasajes de la novela, hasta la interpretación cinematográfica más libre. Es un lenguaje abierto, aparentemente desarticulado, que guarda más parecido con lo que puede ser un collage que con una narración literaria. [...]

No nos importa, en definitiva, reflejar una realidad, sino enriquecerla, excitar la sensibilidad, desarrollarla, detectar un problema. No queremos suavizar el desarrollo dialéctico mediante fórmulas e ideales representaciones, sino vitalizarlo agresivamente, constituir una premisa del desarrollo mismo, con todo lo que eso significa de perturbación de la tranquilidad.

Tomás Gutièrrez Alea.

Ya yo había hecho algunos trabajos y [mi maestro, Mario González] pensó que podía asumir el proyecto [de Memorias…]. De inmediato me propuso, explicando que debido a mi juventud y pretensiones artísticas le impregnaría frescura a la cinta. Yo sentía un inmenso respeto por Titón y me dirigí a Mario manifestándole mi preocupación, y tal como esperaba, se dispuso a ayudarme... Y entonces salió esa gran película…, esa película mágica a la que el paso del tiempo no le hace ningún daño.

Nelson RodríguezMe costó mucho trabajo. «Sergio» posee una individualidad que nada tiene que ver conmigo. Como ser social lo rechazo. Resultó un reto que yo acepté con gusto y ni entonces ni ahora me pesa haberlo hecho.

Sergio Corrieri (J. A. García Borrero,

Guía crítica del cine cubano, p. 213)

El filme de Gutiérrez Alea merece, sin duda, los varios premios que cosechó en Karlovy Vary. Por primera vez, el cine cubano presenta un personaje complejo, lleno de matices y de verosímiles ambigüedades. El director consigue de los intérpretes un rendimiento de primer orden, introduce el humor como un elemento catalizador y revelante, y pese a desenvolver frecuentemente la acción en un plano político (téngase en cuenta que el desenlace tiene lugar en plena Crisis de Octubre), no adoctrina, sino sugiere: la fuerza secreta de las omisiones es casi tan importante como el poder común de las evidencias.

Mario Benedetti (Montevideo, 1968)

[…] Es un filme honesto, el filme más audazmente honesto del Festival de Pesaro 1968. La honestidad de Alea no estriba solo en el rechazo a hacer un filme tendencioso, sino también en su rechazo a hacer un filme objetivo [...]. En cambio, Alea escoge el camino de la dialéctica y la sitúa en diversos niveles estilísticos e ideológicos: subjetividad y documento, memoria y reflexión, ambigüedad y toma de conciencia, compasión y acusación, pasado y presente, y, sobre todo, el punto de vista desde el cual la Revolución es observada. [...]

Memorias del subdesarrollo es una fase del cine en la que se redescubre el placer del riesgo y la libertad del cine como tal, como instrumento no solo de experiencia, sino también de búsqueda, de descubrimiento, de aventura.

Piero Spila (Roma, 1968)

Memorias es un filme sobre el compromiso y un filme comprometido, y esto en definitiva sigue siendo su mayor mérito a los dos años de su estreno. Su realización –hay que mencionar la música, la fotografía, la correcta actuación– logra una objetividad que, sin dejar de ser dialéctica, es partidaria: la objetividad del artista revolucionario. En este sentido, Memorias es un claro ejemplo de análisis, una lección de oficio cinematográfico.

Fernando Pérez (La Habana, 1970)

No hay duda de que Alea […] es tan sofisticado como un europeo [...] Es a través de esa sutileza europea que vemos reflejarse una revolución latinoamericana única en su clase, con una óptica ligeramente deformada y en los equívocos términos que tal vez resulten los más comprensibles en estas tierras del superdesarrollo. [...] Es un logro admirable, una de las mejores películas latinoamericanas que se hayan visto en Nueva York (lástima que por tan poco tiempo) en los últimos doce años.

Vincent Canby (Nueva York, 1972)

Mientras el protagonista de Memorias del subdesarrollo se va convirtiendo en una especie de animal extinto en Cuba, cobra una actualidad cada vez mayor en Chile. Tanto, que para nosotros la película de Tomás Gutiérrez Alea tiene ahora una vigencia mucho mayor que cuando se vio por primera vez, alrededor de 1968.

Hans Ehrmann (Santiago de Chile, 1973)

Con más autenticidad que Antonioni por esa misma época, con un estilo de gran refinamiento plástico y una absoluta libertad narrativa, Alea nos muestra la soledad y el desamparo de aquellos que deciden permanecer al margen de la historia. El drama es aún mayor porque se trata de un país subdesarrollado, donde salta a la vista que la riqueza de la burguesía se ha amasado a costa del pueblo y sobre la miseria del pueblo. Nadie es inocente ante la Historia. Sergio, y el realizador a través de él, lo confirman con amargura y desencanto.

Louis Marcorelles (París, 1974)

El simbolismo del título es claro como el agua: para que la Revolución se lleve a cabo con éxito es necesario que el hombre salga del subdesarrollo no solo económico, sino también, y, sobre todo, psicológico y cultural. Como ha dicho el realizador, su atractivo y lastimoso personaje le ofrece al espectador la posibilidad de una toma de conciencia.

Marcel Martin (París, 1974)

Solo conocíamos hasta el presente la vena lírica de un cine que nos había dado La primera carga al machete y Lucía. Ahora descubrimos la madurez de un cine de reflexión política basada en el análisis psicológico, lo que da lugar a una de las más apasionantes exploraciones de la vida individual y cotidiana en una sociedad socialista.

Guy Braucourt (París, 1974)

Ninguna película latinoamericana ha producido, en el sector de la crítica cinematográfica norteamericana, un impacto semejante al del largometraje cubano Memorias del subdesarrollo, estrenado en Nueva York en 1973. En la revista Newsweek, Arthur Cooper escribió: «Memorias del subdesarrollo es sin duda una obra maestra, una película compleja, irónica y extremadamente inteligente…, el testamento de un inadaptado irremediable.» Los elogios del crítico del New York Times, Meter Schjeldahl, fueron aún más entusiastas: «Es un milagro. En cierto sentido, es una sacudida también. No sé bien qué era lo que esperaba de un primer encuentro con el cine cubano posrevolucionario; probablemente algo burdo y declamatorio. Pero resulta que Memorias, aunque profundamente política, es todo lo contrario: una película maravillosamente sugestiva, con un estilo cosmopolita muy elaborado, fascinante por su complejidad y sutileza.» Vincent Canby, crítico del New York Times, incluyó la película entre las diez mejores del año [...]

Lo que los cubanos no se han preguntado es por qué esta película resultó ser tan apetitosa para tantos críticos norteamericanos. [...] Sin duda, la favorable acogida que tuvo el filme se debe, en buena parte, al contraste entre la expectativa de una crítica suspicaz y la amplitud y sutileza de una experiencia cinematográfica específica.

Julianne Burton (Nueva York, 1977)

Memorias del subdesarrollo resulta una película conscientemente inacabada como proposición temática (esa incitación a pensar sobre nosotros mismos) y ahí radica buena parte de su magia perdurable. Sergio, irónico, antihéroe, tratando de explicarse un mundo que a medias comprende, se erige como el pretexto idóneo para llamarnos la atención sobre el gran personaje que es el tiempo histórico y el papel del hombre pensante (y actuante) dentro de él.

Hay películas que se ven una y otra vez sin que el espectador pueda explicarse qué factores lo empujan al mito. Casablanca constituye el ejemplo más citado dentro de una historia de clásica composición dramática. Pero conmueve apreciar cómo cuarenta años después de haber sido creada desde una formulación estética «diferente» para los gustos arraigados en la época, Memorias… no solo se mantiene intacta en su frescura, sino también que es capaz de convocar, desde un conflicto supuestamente anclado en el pasado, a nuevos razonamientos hacia el presente.

Como cine cubano, sigue siendo un reto insuperable para la función del arte (crítico, como debe ser y no habría que recalcarlo) estrechamente vinculado con su sociedad.

Rolando Pérez Betancourt

¿Qué rasgos determinan que una cinta como Memorias del subdesarrollo consiga la universalidad partiendo de un conflicto aparentemente tan local, aparentemente tan de este Tercer Mundo? En primer término, Memorias… es, como lo hubiera querido Borges, una película de esencias más que de referencias externas, y esto es lo que permite situarla, junto a Lucía y La primera carga al machete, como uno de los ejemplos más felices de cubanía en cualesquiera de nuestras expresiones artísticas y en cualquier época. [...]

Mas, si algo sigue fascinando en Memorias… es su osada estructura narrativa, que reposa sin prejuicios en lo que llamaríamos la absoluta coherencia del caos. Alea ha construido nuestra película más moderna, conformada por episodios que a su vez operan como estructuras dramáticas independientes y que, sin embargo, conservan entre sí un nexo a primera vista invisible, capaz de garantizar la tensión en el conjunto de relaciones. De alguna manera, esta estructura resume las principales obsesiones creativas del período, un período lleno de contrastes, matices y búsquedas casi obsesivas, que como se sabe respondían a los imperativos de una época matizada, en lo macrosocial, por radicales trueques culturales, económicos y comunitarios, y para los que (por el momento) la adocenada dramaturgia aristotélica se adivinaba insuficiente. [...]

Nunca más se ha visto en nuestro cine similar culto a la memoria. Nunca más se ha percibido tanta capacidad para relacionar las cosas, acumular experiencia y desarrollarnos. En verdad, pocas veces arte y realidad han encontrado tal nivel de congruencia en su interpretación. Y si a modo de epílogo me permitieran la certidumbre (mi certidumbre), aseguraría que –en lo que a cine se refiere–, nunca estuvo tan próxima la consagración de aquella utopía que prometió dejarnos a salvo del subdesarrollo, apenas con la grandeza de las ideas y sobre todo con la pureza de las intenciones. Solo por haber hecho tangible esa ilusión, Memorias del subdesarrollo merece, como ya la tiene, la más insistente de las evocaciones.

Juan Antonio García Borrero

Galiano realizó un corto comentario sobre Memoria del subdesarrollo en Historia del cine porque le cedió el tiempo a una presentación singular: la de Martin Scorsese (Taxi Driver (1976), Toro salvaje (1980), La última tentación de cristo (1988), La edad de la inocencia (1993), El aviador (2004) y muchos filmes más), merecedor ( lo prefiero a acreedor) de un Oscar, Globos de oro, BAFTA, un Emmy (Boardwalk Empire), Palma de oro,  Cesar honorífico,  Legión de honor, Premio Princesa de Asturias de las Artes y hasta un Grammy al mejor video musical de formato largo.

Aunque los premios a veces no son lo que parecen, en este caso si son merecidos y ese director reconocido en cualquier latitud, ayudó a financiar la restauración de esa cinta (para dejarla como nueva) y habló para el televidente cubano, gracias al préstamo de la Cinemateca de Cuba,  sobre Memorias del subdesarrollo ¿dónde se anunció? ¿Cuántos no hubieran visto la película por el comentario del director de Casino, por ejemplo? Una vez más se pierde una excelente oportunidad de promover un filme de culto con la presentación de un director …de culto.

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